¿Gobernar según Mujica?

Es un hecho notorio que la gestión del actual gobierno, hasta ahora, tiene a muchos a mal traer. A propios y ajenos.

Es que no pasa nada y ya van corridos varios meses.

Sin embargo, eso que trae a muchos muy nerviosos, no parece alarmar al gobierno, que mantiene su tranco, impertérrito ante los llamados de alarma y las críticas.

Varios - no sólo en la oposición - ven en esto falta de capacidad y también de ideas, (a pesar de tanto que hablaron los candidatos frentistas durante los meses de campaña electoral y, luego, de transición.

El fenómeno, que no deja de ser novedoso: todos los gobiernos, máxime en regímenes presidencialistas, que tienen plazos predeterminados y, más aún, cuando no admiten reelección, tratan de pisar el acelerador a fondo en el arranque, (los famosos 100 días, la luna de miel, etc.), antes de que comience el desgaste y caiga la popularidad.

Analizando el tema, se me ocurre que puede estar jugando como explicación otro factor, (no incompatible ni excluyente de los anteriores): la mística (¿o será mitología) Mujiquista. Su prédica de un ideal de vida “sin camisa”, pero, también, sin estrés y sin grandes metas de progreso material.

Cabe recordar que José Mujica tuvo su oportunidad - lo que no se le da a todos los gurús - de ejercer el poder y con él, poner en práctica sus consejos y modelos. Sin embargo, nadie lo recuerda por eso, lo cual no deja de ser sintomático.

La mística del Pepe no se nutre de su gestión en el Ministerio de Ganadería, (que fue tan fugaz como irrelevante), ni de haber ejercido la Presidencia de la República (con mayorías parlamentarias y en una coyuntura económica internacional de novela).

No: el Pepe ídolo es el del rancho y las alpargatas bigotudas.

El tema es que, para poder vivir según ese modelo, se requieren algunos elementos prácticos, concretos, más allá de un voluntarismo telúrico.

Para empezar, hay que querer vivir espartanamente (la autenticidad de Mujica en ese punto fue su mayor virtud).

Pero aún si hubiera voluntad de ello, para que la gente pueda vivir contentándose con poco, igual es necesario romperse y no sólo un poco.

Dicho de otro modo, es necesario producir. Producir y vender lo producido.

El mundo de Mujica no sólo preconizaba la austeridad de vida, sino que, además, idealizaba una suerte de más o menos, de paraíso económico sin grandes exigencias ni constreñimientos, bastante artesanal y atado con alambre.

Recuerden que uno de los ideales de sociedad que postulaba Mujica era la tribu africana de los Kung San (“un sueño a perseguir”, según sus palabras), entre cuyos atractivos estaba el que no trabajaban más de un par de horas por día.

El problema está en que para que todo un país viva como vivía Mujica se requiere que trabaje y produzca de una forma radicalmente distinta a la que predicaba Mujica. Para tener los niveles de vida a que aspira la sociedad uruguaya - y con los cuales Mujica sólo discrepaba en cuanto al consumo (no a la seguridad social, la salud subsidiada, los planes de vivienda, las regulaciones laborales y ainda mais) - el país tiene que producir, tecnificarse, mejorar su competitividad, ahorrar, invertir, desregular… y otras cosas por el estilo, para poder generar los recursos y así vivir todos como Mujica.

La cosa tampoco es como la plantea el PIT CNT, que todo lo soluciona poniéndole más impuestos a los ricos. Para empezar, ya lo dijo el Cr. Damiani, en el Uruguay no hay ricos, a lo sumo hay “riquitos”. Y está en la tapa del libro que, aún a esos riquitos, como mucho, les podrás exprimir algo más por un tiempo. Más temprano que tarde, te va a faltar plata para alcanzar el ideal de bienestar del paraíso Mujiquista.

Como son muchos más los admiradores de José Mujica que los imitadores, la fórmula no cierra. Y no te digo nada para la mayoría de los Orientales, que no son ni lo uno ni lo otro.

En suma, la cosa no pinta nada bien. Sea por falta de ideas, sea por falta de capacidad, sea por el encandilamiento de una utopía bucólica, el gobierno no está mostrando mayor iniciativa y convicción. A lo sumo viene acompañando, complacido, la marcha del Pacto de la Penillanura.

Pero ya el propio Mujica sabía que ese sueño tiene poco futuro.

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