La noche había caído sobre Rincón del Cerro con esa manera lenta que tiene el campo de apagar las cosas. Orsi llegó con una custodia que había aprendido a hacerse invisible. Por pudor, la camioneta quedó lejos.
-Llegaste -dijo Mujica.
-Pepe.
-No me digas Pepe con esa cara.
Orsi tragó saliva.
-Ando medio complicado.
-Complicado está el que no llega a fin de mes. Vos hiciste una bien de abombao.
-Metí la pata, sí, una chambonada, sin mala fe, Pepe. Sin mala fe. Creeme.
Mujica lo miró. Orsi intentó sonreír, pero no pudo. Se llevó la mano a la cabeza y se sobó la frente.
-Sin mala fe -repitió el presidente.
-La política se pudre cuando uno empieza a aceptar cosas que no aceptaría si las mirara desde afuera.
-Yo quería ahorrarle un peso al Estado.
Mujica empezó a mascullar, irritado, y Orsi se movió incómodo en la silla.
-La terminé donando.
-Sí, sí, a los gurises. Siempre aparecen los gurises cuando los grandes no saben qué hacer con su propia vergüenza. Las virtudes que llegan después del escándalo tienen barro en los zapatos.
La frase quedó colgada en el aire. Orsi respiró hondo.
-Mirá. Te voy a decir una cosa. Cuando vos comprás algo, no lo comprás con plata. Lo comprás con el tiempo de vida que tuviste que gastar para tener esa plata, ¿entendés? Eso lo he dicho siempre. Pero acá el problema no es la plata tuya. Es la plata de otro. Un descuento de veinticinco mil palos no se lo hace una empresa a cualquiera. Eso lo sabés vos. Lo sé yo. ¡Lo saben todos!
-Me están pegando de todos lados.
-Y sí...
-Dicen que no somos iguales. Yo no soy corrupto.
-No dije eso.
-Entonces, ¿qué soy?
Mujica tardó en responder. Se rascó la oreja. El frío apretó.
-Un hombre que todavía no entendió que ser presidente es perder derechos antes que ganar privilegios. Quizás llegaste al cargo creyendo que podías seguir siendo el mismo. Y uno no puede. Eso no es una crítica, es una biología del poder. Te cambia sin que te des cuenta. Un día aceptás un descuento que no corresponde. Otro día mirás para otro lado en algo que antes no habrías tolerado. Es así. Pasa despacio. Y cuando te das cuenta, ya pasó.
-Yo vine de abajo, Pepe.
-¡Justamente! Los de abajo no tienen derecho a usar la biografía como escudo. Y eso de hacerte el gracioso… ¿Cómo vas a decir que te tirás de cabeza por un descuento? ¿En qué estabas pensando? ¿Y una rifa, Yamandú? ¿Me estás jodiendo? ¿Una timba trucha? O nos avivamos o terminamos de franfruter.
-¿Vos nunca te equivocaste?
-Me equivoqué como para llenar un cementerio. Por eso te hablo desde acá. Pero que no nos vengan a correr con el poncho, que ellos también han hecho de las suyas.
-No es justo.
-La vida no es justa, ta, el poder no es justo. Por eso hay que entrar liviano, bien liviano. Vos entraste con una camioneta de 80.000 palos, Yamandú, 80.000…
Orsi miró hacia donde la había dejado estacionada.
-No es corrupción, fue una gauchada, cosas de la campaña.
Mujica dejó escapar un suspiro ronco de frustración.
-¡No seas nabo, Yamandú! Hay un momento en el poder en el que el hombre deja de preguntarse si algo está bien y empieza a preguntarse si alguien se va a enterar. Ese es el principio del fin.
-Dicen que soy débil -insistió Orsi.
Mujica se encogió de hombros.
-El Frente me pide reacciones. El Pacha mira de reojo pensando en 2029. La mochila pesa.
-La mochila la estás llenando vos de piedras inútiles.
-Di la cara, Pepe. Hice un video. Di una entrevista larga esta semana…
-¿En una radio deportiva? Me dijeron que hablaste del Mundial con un entusiasmo bárbaro. Media hora hablando de fútbol cuando no podés explicar una camioneta. ¡De las figuritas hablaste! Y te vas a Miami, a Miami.
Por primera vez, Orsi se rió. Mujica no.
-Te queda mucho mandato.
-Tres años hasta las internas. ¿Me puedo recuperar?
-Si mostrás que aprendiste algo…
-¿Y vos creés que aprendí?
Mujica miró el piso.
-Todavía viniste a preguntármelo. La gente perdona casi todo. Lo que no perdona es a los que no se avivan.
Orsi se puso de pie.
-Me voy, viejo.
-No te vayas resignado. Andate preocupado y hagan algo, carajo, hacé algo.
Antes de salir, Orsi se dio vuelta.
-Pepe.
Qué.
-¿Tan grave es?
Mujica resopló y se quedó mirando la oscuridad. Orsi no dijo nada.
-Escuchame, una cosa más. Andate a gobernar, Yamandú, que pa’ eso te eligieron.