¿Final para la mentira?

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diego fischer
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Cada día resulta más difícil intentar ver y analizar la historia reciente con apego a los hechos tal cual sucedieron. Y cuando hablo de la historia reciente me refiero a los acontecimientos que se registraron en nuestro país entre 1963 y 1973.

El desconocimiento y la ignorancia ha posibilitado que haya calado el relato mendaz y políticamente interesado de los sectores más radicales de la izquierda. Ese cuento que comenzó a construirse, en 1985, con el retorno de la democracia, nos habla de jóvenes héroes que se levantaron en armas contra una dictadura que había conculcado los derechos de todos los uruguayos. La lista de estos personajes la encabezan el ex presidente José Mujica y su mujer Lucía Topolansky.

Si algo hay que reconocerles a los constructores de la mentira y sus amanuenses, es la habilidad para que su relato se transformara en verdad para muchos uruguayos, y traspasara fronteras hasta convertir al ex presidente Mujica en un referente de intelectuales.

El jueves pasado, Búsqueda informó que se está filmando un documental sobre el “intercambio “que el filósofo norteamericano Noam Chomsky viene manteniendo desde hace un tiempo con Mujica. Chomsky, socialista y crítico del capitalismo, fue considerado como el más importante de los pensadores contemporáneos por The New York Times.

El mismo jueves, la intendente de Montevideo, Carolina Cosse encabezó el acto en el que se presentó oficialmente el proyecto para la construcción de un monumento en memoria de las presas políticas. El memorial estará ubicado en la Plaza 1° de Mayo a metros del Palacio Legislativo.

Nadie o casi nadie a esta altura desconoce que en Uruguay hubo presos políticos. Pero bajo ese paraguas se incluyen a hombres y mujeres que fueron encarcelados por robar, secuestrar y matar a personas inocentes. Por definición, un preso político es una persona que es privada de su libertad por sus ideas o por sus acciones en favor de la libertad, la democracia y la defensa de los derechos humanos, en un país donde impera un régimen dictatorial.

La caída de las instituciones democráticas en Uruguay se produjo en 1973. Diez años antes, en 1963, el Movimiento de Liberación Nacional, Tupamaros, comenzó a menoscabar la democracia con sus acciones terroristas. Uruguay vivía entonces una crisis económica profunda, pero aun así era la democracia más antigua y respetada de América Latina y el país con mayor renta per cápita del continente. Los uruguayos elegían a sus gobernantes cada cuatro años y la libertad en su más amplia acepción era el sello distintivo de esta república.

En menos de una década, los tupamaros, inspirados en la revolución cubana, lograron destruir lo que se había construido en paz desde 1904. Luego se instauró una dictadura infame que conculcó las libertades de todos los orientales por doce años. No surgió por generación espontánea, sino fue el resultado de un camino de enfrentamientos que otros abrieron.

Levantar un monumento a los presos políticos de esa dictadura sería una acción justa, sí a presos políticos estrictamente nos referimos. También deberían incluirse allí a los hombres secuestrados por los tupamaros y que permanecieron cautivos en la Cárcel del pueblo, en condiciones infrahumanas. Tal vez, así, empecemos a ponerle fin a tanta hemiplejia histórica.

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