Feminismo 2.0

En el marco del mes de la mujer, fui invitada a participar de un panel en la Cámara de Industrias junto a otras mujeres en puestos de responsabilidad. Reconozco que soy de esas que no siempre se sintió cómoda con la etiqueta del feminismo, incluso a veces he estado en las antípodas. No porque no coincida en el diagnóstico del problema, sino por no compartir muchas veces las formas de abordarlo. Pero como suele suceder cuando uno está con gente muy inteligente, salí de esa actividad con muchas ideas que me dejaron pensando.

Es incuestionable que en los últimos años el feminismo ha impulsado debates necesarios, puesto sobre la mesa desigualdades reales y generado avances significativos. Es un hecho que hoy hay más mujeres en espacios de decisión que antes.

Ahora bien, no nos engañemos. Estar no es lo mismo que poder.

Porque el verdadero desafío no es (solamente) llegar a la mesa, sino qué pasa cuando se está en ella. Porque todavía persisten barreras invisibles, prejuicios y sesgos que, como fantasmas, son difíciles de tangibilizar. Pero siguen estando en muchas situaciones, lugares y personas, incluso entre las propias mujeres. Lo verdaderamente difícil es la autocrítica para reconocerlo. Por ejemplo, no es raro escuchar que a una mujer firme se la catalogue como soberbia. A una perseverante, como intensa. A una que pone límites, como conflictiva. A una que muestra sensibilidad, como emocional. Las mismas conductas que, en un hombre, se celebran como fortalezas. Ni que hablar la vara con la que se mide cuando no se llega al estándar. El gatillo fácil es decir “es que no puede con todo”. Y no vayas a decir todo esto en voz alta… “¡siempre se ponen en el lugar de víctimas!”.

Pero no vamos a negar que hay mujeres que lo logran. Se me ocurren ejemplos de mujeres exitosas, equilibradas, impecables que han logrado sortear todas esas barreras visibles e invisibles. Barómetros de perfección. Pero el problema es ese. Que esos modelos de rol -muchas veces promovido por nosotras mismas- terminan elevando como el estándar a casos excepcionales. Pero la igualdad no puede medirse contra excepciones. Tenemos que derribar ese aspiracional de que para llegar, hay que ser una mujer que puede con todo.

Entre otras cosas porque no es cierto que los grupos liderados por mujeres son siempre mejores. Que siempre somos más empáticas y asertivas. Que somos mejores en el aspecto que sea. No somos superpoderosas, como los hombres tampoco lo son.

Vamos a ser una cultura igualitaria cuando las mujeres puedan llegar a posiciones relevantes y se midan de la misma forma sus defectos y virtudes, aciertos y errores, fortalezas y debilidades. No se trata de pedir privilegios, se trata de igualdad de condiciones. Ni más, pero tampoco menos que eso.

La agenda pendiente tiene más que ver con cambios profundos sobre cómo interpretamos el poder, el liderazgo y la autoridad.

Tal vez por eso nos exija un feminismo distinto. Más centrado en la transformación cultural que en la imposición de formas. Porque éste no es un problema que se resuelva con leyes, cuotas o lo políticamente correcto. Se trata de revisar supuestos y esa es una transformación mucho más difícil, profunda y auténtica.

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