Exclusivo de Argentina

Hubo elecciones parlamentarias de medio término en Argentina y el resultado fue inesperado: contra todas las encuestas arrasó Milei. Nosotros estamos estos días muy absorbidos por los sorpresivos movimientos del gobierno acerca de la compra de las patrulleras oceánicas y por eso mismo lo que está pasando en Argentina nos ha quedado lejos. Conviene echar una mirada porque Argentina nunca está lejos.

Lo primero a decir es que los uruguayos no podemos sacar ninguna lección de los sucesos de Argentina; ni buena ni mala, porque Milei es un fenómeno que solo se explica en y por las condiciones singulares que atraviesa ese país. En cualquier otra parte del mundo una persona como Milei no tendría domicilia en la casa de gobierno sino en una institución para orates. Milei asegura que recibe orientaciones para gobernar de su perro Conan, que está muerto, y que su hermana Karina, segunda figura de su gobierno, es reencarnación de Moisés.

Pero Milei salió electo Presidente, es decir, ganó aquellas elecciones y la semana pasada ganó estas otras de forma apabullante y contra todos los pronósticos. ¿Cómo se explica esto? Hay economistas -en la otra orilla y acá- que elogian sus medidas económicas, su manejo de la moneda, la baja de la inflación y otras acciones atribuyendo a ellas el resultado electoral. Yo no tengo formación económica: ergo me abstendré de emitir opinión en ese campo; (pero me permito desconfiar de cualquier entusiasmo halagüeño que no incluya el nombre de Trump y 20.000 millones, aunque sea en la última página).

Entonces: ¿qué sostiene a Milei? La respuesta es muy sencilla y muy clara: su sostén es la escandalosa, hiriente, ofensiva corrupción instalada hace años en Argentina, con el agravio añadido del discurso hipócrita que la presenta como sensibilidad social, preocupación por la justicia y defensoría de los intereses de los desprotegidos. Corrupción que va desde aquel emblemático dirigente revoleando los bolsos de dólares por encima de la tapia del convento hasta el sonriente Presidente A. Fernandez que, habiendo decretado estricta cuarentena obligatoria por el Covid se reunía a festejar un cumpleaños con sus amigos en la Casa Rosada y se sacaban fotos.

Milei encontró una batalla justa y necesaria, la identificó y, lo que en política es muy importante, le puso nombre: la casta. Él se corporizó (puso su cuerpo, su gestualidad) como una furia vengadora contra la casta. Y la denostó, la insultó con los epítetos más groseros y denigrantes, dejando así tranquilos a sus seguidores de que no habría nunca posibilidad de rearreglo o de acuerdo alguno: la guerra era hasta el final. Nada de esto es extrapolable a otro país: sería un ejemplo de antipolítica. La extensión y el descaro de la corrupción en la Argentina era tal que seguramente habría resistido y neutralizado el bisturí cuidadoso: solo se podía entrarle con el hacha.

El partido político, o mejor dicho, la fuerza política que respalda a Milei, que vota por él, lleva por título La Libertad Avanza. El discurso de Milei tiene mucho adjetivo liberal y todos ellos terminan con el grito ¡Viva la Libertad Carajo! Esto lleva a que algunos observadores -de acá y de allá- se confundan y crean que él está hablando de Adam Smith. ¡No! Les está diciendo a los argentinos que ahora se han liberado de Cristina, de Lázaro Baez, de De Vido y de toda la casta porque él, Milei, consiguió que los fueran metiendo en cana!. La libertad de la que hablamos acá en Uruguay no tiene nada que ver con todo eso.

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