Estabilidad y cambio

Un Milei, ¿aquí? Imposible.

Cierto. ¿Eso es bueno? Probablemente, sí.

Para empezar, no parece necesario para Uruguay embarcarse en algo tan lleno de animosidad y con medidas tan duras.

Pero eso no debe ocultar que, ante una situación extrema, un número muy importante de argentinos reaccionó fuertemente y, hasta ahora, viene sosteniendo esa reacción, en medio de una situación durísima.

Podremos estar de acuerdo con el gobierno argentino, o no, nos gustará o rechazará el estilo y el tono en que hace las cosas, pero el hecho, político y social, de que una sociedad (o por lo menos buena parte de ella) esté dispuesta a sufrir para cambiar, es algo muy relevante y que da para pensar.

Al mismo tiempo, nosotros entramos en campaña electoral, camino a elecciones en junio, octubre y diciembre.

El ambiente no puede ser más distinto: tranquilón, como que la gente balconea, sin mucha inquietud. Nadie espera un Milei (ni lo quiere). No hay ánimo para consumir propuestas rupturistas.

Lo cual puede verse como bueno. Pero no lo es, no del todo.

Tal parece como que, para nuestra gente, las próximas elecciones son poco trascendentes. Ocurren porque lo marca el calendario, pero no por otros motivos.

Hace unas semanas, en una presentación del CED, mi tocayo Zuasnábar tocaba, en un momento de su siempre lúcida exposición, un dato que me quedó grabado: luego de marcar los porcentajes clásicos de preferencias y autoidentificación, para un lado y para otro, Zuasnábar comentó que sus investigaciones arrojaban un porcentaje muy importante de personas, ubicadas a ambos lados del espectro, que manifestaban no estar muy preocupadas con que el resultado electoral se volcara para un lado o para otro: les gustaba más lo suyo, pero si se daba lo otro, no calentaba mucho.

Saco la conclusión que, en nuestra sociedad, hay un alto grado de complacencia. Quejosa y nostálgica, pero complacencia al fin: “mirá la Argentina, en definitiva, nosotros tan mal no estamos”.

Eso no está bueno.

Cierto que nuestra realidad se puede comparar bien con la de otros países, pero eso tiene un valor relativo, no será consuelo de tontos, pero sí de conservadores. Porque lo que vale no es compararse con otros, sino con nosotros mismos y siempre a la luz de la realidad.

Cierto, no estamos “tan mal”. Pero, tan mal ¿cómo qué?

Por lo pronto, tan mal como vamos a estar si no sacamos los ojos del ombligo: tenemos un serio problema de decadencia social, cuyas manifestaciones más agudas se ven en la inseguridad, la pobreza y la marginalidad (y la persistencia de todas ellas a lo largo de muchos años); somos un país caro, que crece poco y que no acompaña algunos de los cambios tendenciales del mundo, al cual está muy cerrado; los intereses de la burocracia y el sindicalismo condicionan o impiden decisiones vitales… etc.

No se sigue de ahí que debemos salir a romper todo, a terminar con el Estado… etc., etc.

Pero sí se sigue que tenemos un serio problema, como sociedad, para enfrentar la realidad cuando esta pide cambios.

Nuestra complacencia enmascara nuestra inmovilidad. Diría Ricardo Pascale, nuestra mala relación con el futuro.

¿En qué se basa esa característica yorugua?

La respuesta de fondo es: nuestra cultura. Pero hoy quiero detenerme en un fenómeno puntual, externo a esa cultura, que está jugando fuertemente, en favor del inmovilismo, de la aversión al cambio.

El último gobierno realmente transformador que tuvo el Uruguay fue el de Luis Alberto Lacalle Herrera. Algunos dirán que no les gustaron las transformaciones, otros que sí, pero nadie puede negar que las hubo y en cantidades industriales.

Es obvio que para que eso ocurra, lo primero que debe haber es un candidato “ocurrente”, es decir, que tenga convicciones de cambio y Lacalle ciertamente que las tenía. Pero no habría podido ponerlas en práctica si no hubiera sido por el régimen electoral vigente en 1989. Para llegar al gobierno bastaba con ser la mayoría dentro del lema ganador.

Eso le permitió a Lacalle, apuntar a un electorado no muy difuso, con propuestas concretas (y muy removedoras). Eso, con el régimen electoral hoy vigente, es -por lo menos- muy difícil. Al no haber una sensación de crisis, o por lo menos, de amenaza, la gente no se siente muy afín a remedios sin azúcar y entonces, ¿qué candidato va a jugársela con un discurso realista? Pensar que el aspirante tiene, primero, que ganar la candidatura, hablándole a un público, después ir a la primera vuelta, hablándole a otra composición de votantes y, por último, en el balotaje, tiene que contentar a medio mundo. Con tanto mosaico es difícil que sobrevivan propuestas muy removedoras.

Somos un país estable. Verdad. Eso está bueno. Pero también somos un país que no se adapta a la realidad presente y, menos, se prepara para el futuro.

Eso no está bueno.

Y no le echemos las culpas a los “políticos” (como hacemos siempre).

¿Encontraste un error?

Reportar

Temas relacionados

premium

Te puede interesar