Uruguay está entre los 5 países del mundo que menos valoran inculcar el trabajo duro. El dato ya tiene sus años. Nada indica que hayamos cambiado.
Los que lideran esa lista son países nórdicos. Es el lujo de las sociedades que ya hicieron el trabajo. El mismo estudio ubica a Uruguay entre los tres países que más desdeñan el ahorro.
Hace pocas semanas, un segmento de consejos financieros en la televisión pública generó una polémica deprimente y reveladora. Cómo osaban hablar del ahorro, clamaron. Una sociedad que debate si está bien enseñar a manejar la plata ya hipotecó su futuro. Es la misma sociedad en la que el lucro es una mala palabra, el éxito ajeno se mira con sospecha y lo público conserva una supuesta superioridad moral tan arraigada como contraproducente.
A este gobierno le gusta jugar con fuego. De lo contrario, no se explica la impericia en el manejo del tema de la seguridad social. Desde que se anunció su nombramiento, se supo que este ministro de Economía estaría condenado a apagar incendios. Resulta que ahora, mal que le pese, lleva los fósforos en una mano y un balde cada vez más vacío en la otra. Se enoja cuando nadie entiende qué quiere hacer el gobierno, porque el propio gobierno no aclara qué pretende ni cuándo ni cuánto va a costar cada cosa que puede o no hacer,. ¿Qué esperaba el ministro?
Viene de estar en Washington intentando llevar calma y respondiendo a la única pregunta que a sus interlocutores les interesaba. Sale a tranquilizar al mercado: no se eliminan las AFAP, no hay confiscación de fondos, no se estatiza nada. Un senador de su partido advierte que los plebiscitos no dejan leyes grabadas en piedra. Un opositor le comenta en redes a Bloomberg la nota con las declaraciones del ministro diciendo que el ministro miente. Algunos funcionarios matizan un eventual cambio en las AFAP. Otros defienden que el Estado te diga qué te conviene.
Y el presidente, ah, el presidente, hace lo que mejor sabe hacer: estar y no estar al mismo tiempo. Mira hacia el costado; no abre la boca. A gritos pide ayuda con gestos para que otros respondan. Gesticula con los ojos y habla con los brazos. Se convierte en meme, en gif, en burla.
Acto seguido, el ministro pide que todos “seamos cuidadosos” porque “si dejamos de ser serios, el daño es irreversible”. Una frase inobjetable. El problema es que llega tarde. Por ahora, no hay pánico. Hay señales más finas, ruido de fondo, un estado de alerta. El proyecto que finalmente llegue al Parlamento será más tibio, pero el daño ya está hecho.
La tónica de este gobierno es el apaciguamiento como reflejo. La danza entre la responsabilidad fiscal y la pulsión populista recién empieza. Al Frente Amplio se le va (o ya se le fue) de las manos la izquierda sindical y comunista. Sin ella no saben gobernar; con ella no pueden gobernar.
Uruguay va camino de convertirse en el único reducto de la izquierda sudamericana. No es un dato menor y forzará a este gobierno a buscar camaradas en tierras lejanas. Entre el matonismo trumpista y el caballotroyismo chino, volar bajo el radar no es una opción. Mientras el mundo se reconfigura, acá el debate estratégico adquiere otra escala. Una senadora frenteamplista dice que el petróleo es una trampa: los países que lo tienen no diversifican sus economías, terminan en guerras o se mueren de hambre. “Ya somos Noruega”, dice, “ya somos Noruega”. Y se ríe sola. Los noruegos no ríen. Los noruegos facturan.
Noruega descubrió petróleo en 1969, tardó décadas en crear el mecanismo para administrarlo y se volvió rica gracias a su prudencia. La distancia entre el mundo real y esta aldea ombliguista no se mide solo en petróleo. Se mide en que acá el buque insignia es, según admite el número dos del gobierno, que vayas a una escuela y no se llueva. Que vayas a una escuela y que la maestra esté.
Noruega.
Hubo semanas en las que el gobierno dedicó su energía a pelearse con unos pasacalles. Habría que colgar algunos que expresen aquella blasfemia antipática según la cual el Estado no crea riqueza. Tampoco se caracteriza por administrarla bien.
El problema no es el gobierno de turno sino la cultura política que nadie quiere cambiar. El problema, ante todo, radica en los valores distorsionados de una sociedad alérgica a cumplir las reglas que se cree merecedora de ciertas cosas que solo se consiguen mediante el trabajo de otros.
Quizá nuestra excepcionalidad no sea tan sólida como pensamos. Quizá no estemos dispuestos a hacer el esfuerzo para mantenerla. Quizá encontremos petróleo y lo administremos como lo hace Noruega. Quizá entonces, recién entonces, podamos lograr que las escuelas no se lluevan. Quizá.