Entre comedia política y tragedia económica

Si fuera una película podría titularse “Robó, huyó y lo pescaron”. La diferencia de Virgil Starkwell, “el peor ladrón del mundo” en el film guionado, dirigido y protagonizado por Woody Allen, con el presidente que se derrumbó súbitamente en Paraguay, es que el personaje del cine fracasaba en todas sus aventuras delincuenciales, mientras que Santiago Peña coleccionó éxitos hasta que estalló junto con la burbuja financiera que estaba disfrazada de banco. Y a renglón seguido intentó sin éxito fugar de las consecuencias refugiándose en los fueros de una senaduría vitalicia.

Resulta extraño que un economista que acumuló experiencia siendo funcionario del Banco Central de Paraguay y del Fondo Monetario Internacional, encabezando además el Ministerio de Hacienda del gobierno de Horacio Cartes, no viera venir el derrumbe del gigante con pies de barro que él había ayudado a crecer de manera peligrosamente desmesurada.

Con el prestigio profesional conquistado y la prosapia de ser un descendiente de Gaspar Rodríguez de Francia, el déspota decimonónico que fortaleció la economía y consolidó la soberanía guaraní, no haya actuado con tiempo para evitar que estallara la burbuja.

A diferencia de muchos turbios personajes de su entorno relacionados con este desfalco, Peña llegó hasta la presidencia y tenía una imagen que cuidar. Imagen que había comenzado a ensombrecerse al no vender sus acciones en Ueno Bank cuando asumió la jefatura de Estado.

Había integrado el directorio de un banco ligado a Cartes, el millonario empresario que ejerció la presidencia del 2013 al 2018 y del cual, a partir del 2015, Peña fue ministro de Hacienda. Y al llegar a la cúspide del poder, el joven y exitoso economista hizo crecer con anabólicos estatales una entidad financiera de la que era accionista.

En el 2019, Peña compró acciones de Credicentro, una empresa financiera del Grupo Vázquez. Esa compañía se convirtió en el Ueno Holding, en el cual mantuvo su participación accionaria aún habiendo asumido la presidencia, lo cual generaba un choque de intereses.

Por el solo hecho de conservar sus acciones, el presidente había recibido duras críticas. Pero en lugar de vender aunque una parte de su suculento paquete accionario, lo que hizo fue beneficiar al Ueno Bank, la entidad que creció de manera veloz y desmesurada por la masiva inyección de fondos públicos y los negocios que le hicieron hacer desde la presidencia y el Banco Central. El sistema previsional invirtió sus fondos en ese coloso financiero al que beneficiaba con decretos y maniobras uno de sus accionistas: el presidente.

La corrupción a gran escala no es nueva en Paraguay. Stroessner y luego quien lo derrocó, el general Andrés Rodríguez, figuran entre los dictadores más corruptos de Sudamérica. El primer presidente elegido democráticamente, Juan Carlos Wasmosy, enfrentó graves denuncias de corrupción, flagelo que asomó también en los gobiernos de Raúl Cubas, Fernando Lugo y Horacio Cartes. Incluso la breve presidencia de Federico Franco dejó a la vista oscuros negociados con multinacionales de la biotecnología.

En el Paraguay gobernado por Peña era visible que la musculatura de Ueno Bank estaba inflada con anabólicos. Por eso no debió sorprender a tantos que de un día para otro se desmoronara como castillo de naipes.

Lo sorprendente es que un economista con la experiencia de Santiago Peña no percibiera a tiempo que la estafa sideral de la que formaba parte tenía los días contados. En lugar de eso, quedó inmóvil hasta que se desmoronó la montaña de poder que lo encumbraba, atinando sólo a huir de sus consecuencias intentando refugiarse en esas guaridas de impunidad que suelen ser las senadurías vitalicias de los ex mandatarios.

Pero “lo pescaron” ni bien emprendió la fuga presentando su renuncia. La Cámara de Diputados no aceptó que dimitiera y, si el Senado lo destituye, acabará en el banquillo de los acusados.

De ese modo habrá pasado en un santiamén de ser un joven economista que amasó poder político y económico al por mayor, a parecerse a Virgil Starkwell, “el peor ladrón del mundo” en la entrañable película de Woody Allen.

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