En pie de guerra

En tan solo cuatro años el picudo rojo (Rhynchophorus ferrugineus) se transformó en una plaga letal para las palmeras en nuestro país.

Este agresivo escarabajo de origen asiático ingresó inadvertidamente cuando introdujeron de contrabando palmeras exóticas infectadas.

El insecto tiene un rango reproductivo elevado, gran adaptación a ambientes nuevos, y la capacidad de trasladarse a distancias importantes a través del vuelo.

A estas alturas su presencia se constata en todos los continentes, lo que habla a las claras de su versatilidad.

Si bien agrede a muchas especies, demuestra una afinidad especial con la palmera canaria (Phoenix canariensis), muy utilizada por su elevado valor ornamental, omnipresente en el paisaje urbano uruguayo.

La gravedad de esta plaga es que cuando ataca termina con la vida de la palmera, sean éstas exóticas o nativas.

Ya sabemos que combatir al escarabajo resulta una tarea ardua pero imprescindible. Cuando la palmera exhibe señales de infestación casi nada hay para hacer. Solo resta cortar la palma y quemar o enterrar los restos para eliminar a los insectos y sus huevos.

En nuestro país se nos presentan dos frentes de lucha.

El primero es el general, enfocado a proteger a la mayor cantidad posible de ejemplares haciendo prevención.

El segundo es el particular, mucho más sensible y valioso. Evitar por todos los medios que la plaga llegue a los palmares de Rocha, un ecosistema único, de prestigio internacional -que justificó forme parte de la Reserva de Biosfera “Bañados del Este”, declarada por la Unesco en 1976.

La diferencia fundamental entre estos dos frentes radica en que sin bien resulta indeseable perder ejemplares de palmas exóticas que adornan espacios públicos y predios privados, es mucho más grave padecer la muerte de nuestras palmeras butiá de Rocha, que forman parte destacada del patrimonio de diversidad biológica nacional. Se trata de uno de los paisajes más representativos de nuestro país.

Como se sabe la Butiá odorata conforma un ecosistema único, con la singularidad adicional de exhibir muchos ejemplares que alcanzan los 200 y 300 años de edad. Si bien la especie no está en peligro de extinción, sí corre riesgo el palmar como tal, extendido en 70 mil hectáreas. La ganadería ha sido un factor negativo alimentándose de los tiernos renuevos de las palmeras, pero ahora se cierne sobre él la temible amenaza del picudo rojo.

La triste realidad es que la plaga que nos ocupa llegó para quedarse. Debemos aprender a combatirla, controlarla y minimizarla. Duele aceptar que este insecto se sumó a la extensa la lista de plantas y animales foráneos transformados en plagas en nuestro territorio.

Pero la invasión del picudo rojo nos impone una obligación mayor. Hay que robustecer al máximo los mecanismos de control para evitar el ingreso al territorio nacional de especies exóticas (en cualquier de sus formas y estadios) que puedan constituir una amenaza a los ecosistemas, a la salud humana, a los hábitats, a las especies nativas; y provocar efectos económicos, sociales y culturales negativos.

Asimismo esta obligación incluye el ser capaces de desplegar estrategias gubernamentales acertadas y políticas efectivas para combatir las plagas ya instaladas.

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