Elite diminuta y arrogante

Lentamente el Uruguay intenta salir de la modorra veraniega, pero aún corcovea sabiendo que la pausa todavía no terminó. Falta llegar a Semana Santa, y esperar que entre el último ciclista. Sumidos en la vaporosa -y ventosa- medianía veraniega la agenda política comienza a agitarse. Una investigadora por acá, otra por allá.

Está bien. Podrá gustar más o menos. Pero ojalá la actividad del parlamento se centrara siempre en eso, es decir en controlar al Poder Ejecutivo.

Porque, en definitiva, el fundamento de la democracia, y la razón de ser de los parlamentos no es otra que la de ejercer el contralor.

El devenir del tiempo -que pasa lento, muy lento- en estas latitudes hizo a golpe de sobretodo que se invirtiera el criterio de medición de la eficiencia de la labor parlamentaria, y en lugar de ponderar a los representantes nacionales y senadores por la dedicación al control, pasamos desafortunadamente a medir su desempeño por la producción legislativa.

Un gran error.

Cada ley nueva significa un poco menos de libertad. Un avance del Estado sobre los individuos. Un atropello de lo colectivo sobre la sociedad civil.

Un Estado legiferante no es más que un monstruo al servicio de determinados grupos de interés que por tal o cual razón han logrado congraciarse con el legislador para que este los atienda, con la obvia esperanza de su voto cuando toque volver a participar en la contienda. El resultado de todo esto es esa sensación de agobio que sentimos los individuos libres que creemos tener el derecho a buscarnos la vida por nuestra propia cuenta y riesgo.

Ver como la agenda política se llena de disparates, tales como la eventual ratificación del CIT 158 que regula los despidos, o un proyecto de ley sobre lavado de activos que acalambra a la mayoría de los honestos por una mínima minoría de malhechores solo para congraciarse con las organizaciones internacionales como si todo lo que estas indicaran fuera a misa, preocupa. Y desvela mucho. ¿A quién le hacemos los mandados?

Porque cada avance de esa índole, es un retroceso para la libertad individual.

Hayek hablaba de las élites diminutas y arrogantes.

Uruguay está lleno de ellas. Y lamentablemente marcan la agenda.

Funcionarios, sindicatos, ONG, agremiaciones, y una comparsa bárbara de compatriotas que aún piensan que el mundo funciona en base a cuestiones programáticas y planificación.

No se entiende como no son capaces de entender que el que no nada se hunde. Es un principio muy sencillo.

La región está repleta de problemas: informalidad, desigualdad, falta de productividad, avance imparable de la tecnología que nos llena de inmediatez y también de incertidumbres. Y ahí nos vemos con la certidumbre de que nuestro modelo de convivencia, nuestro contrato social yorugua ya no funciona. La Suiza de América ya fue. En forma urgente necesitamos hacer una transición drástica de una clase media funcionaria a una clase media emprendedora y con visión global.

Una que no le tenga miedo al riesgo, y que sepa, que el mundo no acaba en Colonia, ni en el Chuy.

Las fronteras desaparecieron, las oportunidades se multiplicaron.

Es hora de desoír a las élites arrogantes, y salir a conquistar el mundo.

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