Siempre escapamos a este tema. Pero ya veníamos acumulando ideas, cuando en un viraje radial nos saltó un comentario de Jorge Piñeyrúa, que nos terminó de cerrar todo. Allí, el popular “Piñe”, defendía la actitud de la directiva de Peñarol de involucrarse en el tema de los desaparecidos. Y se preguntaba, de manera algo inocente, por qué había gente que veía eso como algo partidista.
El éxito del “Piñe” en los medios nunca se ha basado en una sabiduría enciclopédica en ningún tema específico. Sino en que representa (o representó) una especie de sentido común de cierto corte de la sociedad. Era el amigo jodón que hay en todo grupo, medio tosco, pero que justamente amparado por esa inimputabilidad del que dice lo que le sale de las tripas sin pasar por un filtro de conocimiento, puede conectar con lo que piensa mucha gente.
Y en este tema tan sensible, del que hace unos días tuvimos la cita anual recordando esta vez además el medio siglo del asesinato de Gutiérrez Ruiz y Michelini, es que ese sentido común que se ha venido generando por décadas, muestra sus falencias.
La forma en que algunos sectores políticos han logrado reescribir buena parte de la historia, y apropiarse de ese “sentido común” de la sociedad en esta materia, es algo impactante. Parte de esa apropiación pasa por las palabras del “Piñe”, porque nadie puede ignorar que esta causa se ha partidizado. ¡Y cómo!
Si la causa de los desaparecidos fuera algo tan nacional, no habría necesidad de que el Partido Comunista tomara las plazas y paredes con mensajes maniqueos, donde o se acompaña la consigna, o se es hincha de torturadores. Ni el señor Ruglio tendría interés en meterse en eso, ¿O alguien lo escuchó alguna vez hablar del acto del Obelisco, o del desembarco de los Treinta y Tres? Dicho de otra forma, si todos fuéramos familiares, nadie necesitaría ir por ahí con una remera que dice “todos somos familiares”.
Claramente, esa no era la visión a la salida de la dictadura, cuando la sociedad entendía que se había atravesado una etapa negra, donde todos debían asumir pecados, para poder superar ese período histórico. Por eso las dos veces que la ley de Caducidad se puso a consideración del pueblo (impulsada por algunos de los más valientes opositores a la dictadura), el mismo la validó.
Con el tiempo, el trabajo de hormiga de ciertos sectores ha logrado llevar las cosas a un lugar muy distinto. Pareciera que cuanto más nos alejamos de esa época, más se pierden los matices para evaluarla, al punto que se ha vuelto arma arrojadiza para los barra-bravas del fútbol. O para que la vicepresidenta Cosse haga esa declaración papelonera, con ese silencio impostado, que debería revolver las tripas a todo el que de veras se sienta identificado con el reclamo por los desaparecidos.
Pero todo esto tiene una cara más oscura, si cabe.
En otro artículo hace ya tiempo hablábamos de que la dictadura, lejos de la caricatura que los mismos “reescribas” de la historia han impuesto, había dividido aguas en la interna de El País. Como en casi todas las familias uruguayas. Pero dos de las figuras que estuvieron de manera más contundente en contra, fueron Washington y Enrique Beltrán. Uno de los hijos del recordado “Tío” Enrique, Álvaro, nos trasladó hace un tiempo la historia de un íntimo amigo, ex compañero de facultad, el Dr. Suzacq. Un cardiólogo que hizo carrera en España, luego fue acusado, extraditado y condenado, en base a un testimono de alguien que dice haberlo visto examinando a personas que eran torturadas en un cuartel. La descripción no cierra, y el hombre era un estudiante de 20 años... apenas un pasante.
¿Qué función cumple para el país tener presa hoy a esa persona? ¿Reinsertarla en la sociedad? ¿Es eso justicia, o (como decía Mujica) venganza? Sobre todo teniendo en cuenta que los casos que hoy se enjuician, atañen a gente que en aquellos tiempos tenía 19 o 20 años, y cero poder o autoridad real.
Claro que si usted osa decir cosas así, enseguida le achacan ser hincha de la dictadura. O, si tiene suerte, un defensor de la “teoría de los dos demonios”. Hace tiempo que pensamos que en verdad hubo tres demonios. La guerrilla, y su costado de agitación sindical que quería implantar un sistema marxista. Los militares, y su soporte civil que querían defender el orden a cualquier precio. Y un tercer flanco, tal vez el más cobarde e impune, que festejó a los jóvenes idealistas que robaban bancos y repartían leche. Después se asustó y pidió mano dura, mirando para otro lado ante los abusos. Es el mismo demonio que ahora que es gratis, se viste de justiciero y banaliza que un núcleo de fanáticos nos imponga un sentido común que violenta el espíritu más básico de justicia. Y, de nuevo, mira para otro lado frente a los abusos legales de hoy.
Tarde o temprano, como sociedad, vamos a terminar pagando esa cuenta. No será barata.