El plan que ya conocíamos. El liderazgo que falta

Detrás de los anuncios hay algo más relevante: la validación tardía de un enfoque que ya existía. Uruguay no tiene un problema de ideas en seguridad. Tiene un problema de liderazgo.

En los últimos días, el gobierno presentó su plan de seguridad como si fuera un punto de partida. Como si estuviéramos ante una novedad. Como si recién ahora se hubiera comprendido la complejidad del fenómeno criminal.

Pero alcanza con leer con atención para advertir algo incómodo: muchas de las líneas centrales de ese plan no son nuevas. Ya estaban arriba de la mesa. Ya habían sido formuladas, discutidas y, en varios casos, implementadas.

El enfoque integral, por ejemplo. La idea de que la seguridad no se resuelve solo con represión, sino también con prevención social, intervención territorial y trabajo sobre las causas del delito. Eso no es un descubrimiento reciente. Es exactamente el enfoque que se desarrolló en los últimos años, combinando disuasión policial con políticas sociales, bajo una lógica clara: ser firmes con el crimen, pero también con sus causas.

Lo mismo ocurre con la idea de construir una política de Estado. Hoy se habla de acuerdos, de continuidad, de convocar a los partidos. Pero la realidad muestra otra cosa. Se convoca a dialogar y al mismo tiempo se vacía el diálogo: el propio ministro no asiste, descalifica propuestas de la oposición y levanta muros donde debería tender puentes. No hay política de Estado posible si quien debe liderarla es el primero en dinamitarla.

También aparece, ahora, el énfasis en la evidencia. Medir, evaluar, corregir. Incorporar datos, encuestas de victimización, transparencia. Todo eso no es una novedad ni un cambio de paradigma reciente. Fue el gobierno anterior el que dio ese giro: acercó la política de seguridad a la academia, impulsó programas medibles y empezó a construir una cultura de evaluación basada en resultados. Lo que hoy se presenta como innovación es, en realidad, continuidad de un camino ya iniciado.

En materia de crimen organizado y narcotráfico, tampoco hay novedades sustanciales. Uruguay arrastra este problema desde hace años, con un crecimiento sostenido durante los gobiernos del Frente Amplio, cuando el fenómeno se consolidó y se volvió más complejo. En los últimos años se empezó a cambiar el enfoque, incorporando inteligencia, persecución de redes y cooperación internacional. Hoy el gobierno retoma ese mismo camino y lo coloca en el centro de su discurso. No es un giro innovador: es la confirmación de que ese era el rumbo correcto.

Algo similar ocurre con el sistema penitenciario. El deterioro estructural no es reciente: es el resultado de años de acumulación, con un sistema que durante mucho tiempo funcionó sin un enfoque claro de rehabilitación. En los últimos años se intentó corregir esa lógica, incorporando programas de tratamiento, educación y reinserción. Hoy el gobierno vuelve a poner estos conceptos sobre la mesa. Otra vez, no como novedad, sino como continuidad de un camino que ya había comenzado.

Incluso en el plano de la prevención social y el trabajo territorial, el guion se repite. Intervención en barrios, programas con jóvenes, articulación con el sistema educativo y organizaciones sociales. Todo eso ya fue ensayado, con aprendizajes concretos sobre qué funciona y qué no.

Entonces, la pregunta es inevitable: si las ideas estaban, si los diagnósticos eran conocidos, si las herramientas existían, ¿qué pasó?

Pasó tiempo. Y en seguridad, perder tiempo tiene consecuencias.

El problema no es que el gobierno tome estas líneas. Al contrario: es positivo que lo haga. El problema es que llega tarde, nos hizo perder tiempo después de haber descartado, minimizado o directamente ignorado muchas de estas mismas propuestas.

Porque mientras el delito se organizaba, el Gobierno dudaba. Mientras el narcotráfico se expandía, la discusión política se empantanaba. Mientras las cárceles seguían reproduciendo violencia, se postergaban decisiones estructurales.

Gobernar no es solo tener un plan. Es entender el momento, asumir la responsabilidad y actuar a tiempo.

Uruguay no parte de cero. Tiene experiencia acumulada, tiene evidencia, tiene políticas que funcionaron y otras que dejaron lecciones. Tiene, sobre todo, un camino ya recorrido que no debería ser desconocido cada cinco años.

Por eso, más que celebrar anuncios, lo que corresponde es exigir coherencia y ejecución.

Porque en seguridad, repetir diagnósticos no alcanza. Copiar ideas tampoco.

Lo que hace la diferencia es el liderazgo.

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