El pasado miércoles l0 el PIT-CNT decretó un paro general de media jornada, anunciando paralelamente un aumento de la conflictividad sindical. Su plataforma, la concretó en tres reformas, una “laboral avanzada” centrada en una reducción de la jornada laboral a 40 horas semanales manteniendo el salario actual. Una tributaria con imposición del 1º a los más ricos de la población, así como la habilitación de jubilaciones con sesenta años de edad. Con el infaltable agregado de su consigna internacional: condenar a Israel por el “genocidio” en Gaza o reclamos reiterados como fondos para la educación y protección a los niños marginados.
Las propuestas de la Central Sindical han sido largamente debatidas, e incluso, la mayoría rechazada por el partido de gobierno, al que la Central presta apoyo. Algunas por inaplicables como el impuesto a los ricos, que, según todo los partidos políticos uruguayos terminaría por frenar la impostergables inversiones que el país demanda. Otras por erróneas, pese a lo que, con menor unanimidad, ocurre con la reforma jubilatoria, no solo contraria a lo decidido por la ciudadanía en referéndum, sino, a la vista de nuestro panorama demográfico, absolutamente insostenible. Un fenómeno poblacional universal, no solamente local, que exige compromiso con futuras generaciones.
Este anacrónico planteo, contrario a los intereses del país, era esperable en tanto es sabido que en nuestro país el movimiento sindical y su Central en particular, responden desde siempre al Partido Comunista Uruguayo, no solamente en su ideología, sino incluso en la extracción de sus dirigentes, generalmente pertenecientes a dicho Partido. Sin embargo, su naturaleza, van más allá de la cercanía ideológica, obedecen a profundas razones estructurales derivadas de nuestra época.
Ocurre, notoriamente en el Uruguay, que la central sindical ya no pertenezca, como antes ocurría, a un conjunto vasto y en proceso de creciente organización, como fue la clase obrera, predominante hasta la mitad del siglo veinte. Hoy la clase como tal está en proceso de desaparición aquejada de una afección identitaria, para la que carece de medicinas. Lo que emerge son las específicas necesidades de cada grupo, cada uno con perfil propio (mujeres, diversidad de géneros, intelectuales, profesionales, obreros de muy diversos tipos, empleados públicos, privados, de redes, discapacitados, etc.). Desaparece la compleja síntesis del conjunto, antes impulsada, Marx dixit, por los intereses históricos de la clase. Aun cuando esta síntesis siempre compleja y discutida, auxiliada por las ideologías, por entonces vigorosas, se imponían e impulsaban la acción sindical. Detrás de cada reclamo había un modelo de sociedad, no como ahora donde priman grupos fortificados, cada uno dedicado a redefinir con detalle sus diferencias respecto a los otros.
En la actual pos modernidad, esta diversidad impide generalizaciones. Presa de la diversidad de identidades a las que prioriza por encima de cualquier concepción general, los sindicatos, en menor grado los partidos y diversas agrupaciones sociales, acumulan reclamos parciales generalmente contrarios a los intereses globales de la comunidad. Tal como si la fragmentación del mundo y su cultura impidiera todo intento de universalidad.