Fue el Papa que los argentinos no supieron merecer y que el mundo necesitaba para equilibrar tantos liderazgos truculentos.
A un año de su muerte, Argentina aún no cae en cuenta sobre todo lo miserable de sí misma que expuso al mundo desde el mismísimo momento en que Francisco se sentó en el trono de Pedro.
Si quedara algo de pensamiento crítico, Argentina entendería lo que implica la decisión de no visitar su país como pontífice. Argentina no supo tener un Papa argentino.
Evidenciando la peor calaña, todas las facciones políticas quisieron usarlo como munición contra el “enemigo”. Francisco asomó el país a lo más oscuro de “La Grieta”, esa herida político-social que supura odios y adoraciones igualmente patológicas.
El rostro desencajado de Cristina Kirchner cuando le comunicaron lo que fue una pésima noticia para quién, junto con su marido fallecido, llamaba al cardenal Bergoglio “jefe de la oposición”. Según allegados al sacerdote jesuita, Néstor Kirchner había puesto al oscurísimo jefe de la SIDE, Jaime Stiuso, a espiarlo para encontrar (o inventar) instrumentos de control por extorsión. Armarle un “carpetazo”, como decía y hacía Kirchner con muchos de sus críticos y denunciantes.
De haber ordenado de atacar al Papa a su artillería de difamación, donde sobresalían Horacio Vervitsky y Hebe de Bonaffini entre otros, Cristina pasó sin escalas al visitar el Vaticano para fotografiarse con Francisco haciéndolo sostener una camiseta de La Cámpora.
También sin escalas, la tribuna anti-K que había ovacionado la elección de Bergoglio por la posición crítica que tenía hacia Néstor y su esposa en materia de sectarismo y corrupción, pasó a denostarlo y llamarlo “Papa comunista”, “Papa peroncho” y “Papa pobrista”.
Como Francisco no se prestó como arma en la guerra política, los que lo difamaban pasaron a elogiarlo, y quienes lo respetaban pasaron a difamarlo”.
En las dos veredas de La Grieta, el aborrecimiento por “el otro” arrasó la sensatez. Al orgullo de un país por tener un compatriota Papa, sobrevino la vergüenza de mostrar al mundo que, al revés de Wojtila y de Ratzinger, quienes visitaron muchas veces sus respectivos países, Polonia y Alemania, Bergoglio no pudo visitar el suyo por la infección de odio que lo carcome.
Que un legislador lo llamara “el imbécil que está en el Vaticano” y luego lo acusara de ser el “representante del maligno”, fue de una gravedad abismal. Y confirmó la intensidad de la patología el hecho de que el insultador herético se convirtiera en presidente: Javier Milei.
Ni Hitler se refirió a un pontífice como lo hizo Milei con el Papa argentino.
Francisco no pudo cicatrizar la grieta purulenta que infecta a su país, pero al mundo le dio un poco de calma, humildad y respeto por “el otro”, en un tiempo de líderes brutales que llegan al delirio de reivindicar la crueldad.
Su antecesor en el trono de Pedro fue un intelectual de bibliotecas y claustros. Joseph Ratzinger integró una camada de teólogos brillantes como Henri de Lubac, Michel Schmauz, Hans Küng y Karl Rahner, entre otros. Bergoglio era más cura de barrio y parroquia, como lo había sido Karol Wojtila. Pero su personalidad tenía lo que reclamaba ese momento oscuro de la historia.
Con su rostro, con su voz y con su hablar suave y pausado, Francisco irradió bondad, afecto y comprensión por lo humano, además de solidaridad con los pobres, los frágiles y los vulnerables. También irradió humildad y calma, rasgos que faltan en el escenario político donde vociferan personajes truculentos como Trump, Putin, Bolsonaro, Milei, Netanyahu, los déspotas árabes y persas, además de otros líderes populistas, de izquierda y derecha, que muestran con violencia y vulgaridad su desprecio por quienes no se arrodillan ante ellos.
En ese escenario colmado de arrogantes adictos a la violencia verbal y gestual, la personalidad y el mensaje del Papa argentino trajeron la gota de calma, afecto y sensibilidad que resultaba imprescindible en semejante desierto humano.