El país del descuento

Qué bajo que hemos caído! En Europa y Medio Oriente hay muerte y destrucción. África está amenazada por el ébola, parte del mundo ve a China con temor, otra parte con esperanza. Los EEUU descolocan a las naciones con la soberbia y los bandazos de su gobierno. El delito organizado sacude a México y amenaza a todo el continente. Venezuela continúa bajo un régimen dictatorial. Enfrentamientos duros en Bolivia, Ecuador y Colombia… Aquí lo que nos ocupa es el papelón de la camioneta presidencial.

Cierto es que el pecado original corresponde al presidente. Por haberse dejado tentar con 25.000 dólares y, más aún por la mentalidad revelada a través de sus intentos por dar explicaciones. No me refiero al triste intento de diluir el engrudo con el chiste de mal gusto sobre su reconocida tendencia a zambullirse atrás de los descuentos. Lo más triste no es eso: es pretender justificar la patinada echando mano al argumento popu de la sobriedad republicana.

El presidente creyó que podía zafar del papelón invocando el numen del Pepe: “lo hice porque quería ahorrarle al país el costo de un vehículo oficial”. Triste. No porque resulta difícil creer que empuchó 25.000 dólares de puro patriota y popu de ley, para ahorrarle unos mangos al Estado. Lo peor no es eso Lo peor es no percibir el verdadero contenido del argumento: si la presidencia del Sr. Orsi no justifica el costo de un auto oficial, estamos en el horno.

Ahora, ése es el pecado original, pero no está solo el presidente en el laberinto pueblerino que se ha desatado. Y esta vez no vale cargarle el fondo del conventillo a la oposición, que se ha comportado con mucha discreción.

Los protagonistas del cuadro patético que vivimos están, en parte del lado del gobierno, con ensayos pueriles de justificación (“lo importante es que el presidente viaje en un auto seguro”, dixit el señor Negando Pereira) y, sobre todo, en el mundo periodístico, donde se ha desatado una competencia de falluteríos, lugares comunes, rasgados de vestiduras y juicios absurdos.

Si un país cree que lo relevante de un gobierno está en el lugar donde vive su presidente o en el coche con el que se traslada, apaguemos. Si la cosa pasa por la camioneta y vivir en Salinas, estamos fritos.

Aquí, el presidente evidencia primero un error de criterio, que luego magnificó con sus esfuerzos por sacar la pata y la tribuna evidenció otro error de criterio, al no tener ojos más que para lo pequeño.

¿Cómo estarán mirando esto las generaciones jóvenes? Tiemblo al imaginarlo. Deben sentir una brutal frustración al ver que el país gira en torno a algo tan pequeño y tan banal.

Sólo que no se agota ahí el problema. Esa banalidad que se suele achacar a la clase política y que en este caso está siendo practicado por el presidente y por parte de la sociedad, es un profundo bache cultural que sufre el país y que está detrás de su estancamiento.

Con estos parámetros, con una sociedad que muestra profundas carencias de criterio y un gobierno que claramente adolece de una grave falta de criterio y densidad unidas a una ausencia de autoridad, el futuro no pinta nada bien.

Los antiguos ya sabían que para que una Democracia pueda sostenerse y funcionar requiere de virtud en sus ciudadanos y que para gobernar se necesitan dos cualidades básicas: los romanos hablaban de Auctoritas y Gravitas. Lo segundo puede traducirse por carácter.

Abandonemos -empezando por el señor Presidente-el foco en la camioneta y pongámoslo en la realidad.

Hemos caído muy bajo.

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