El no - diálogo

Leonardo Guzmán

Por valores que son de todos -de la res publica, la cosa pública- da para preocuparse, y muy en serio, esto de que el Presidente Dr. Tabaré Vázquez rechazara una visita del Presidente del Directorio del Partido Nacional, senador Dr. Jorge Larrañaga.

Es legítimo que un dignatario aplace una audiencia por unos días, hasta por un par de semanas. Ya no es tan legítimo que la deniegue un Presidente de la República, que -Constitución Nacional- más que jefe de gobierno a horario, debe ser jefe de Estado siempre.

Por serlo, está llamado a vivir como interlocutor de todos, no tanto topándose con uno que otro ciudadano tras alguna sesión ministerial en clubes o gimnasios del Interior, sino respetando la representatividad de los partidos, que, muy especialmente en el Uruguay, son pilares de la democracia. Por tanto, queda claro que el Presidente dijo que no, allí donde debió decir cortésmente que sí.

Es que a las razones institucionales apuntadas se agrega otra que es de base. El diálogo no es sólo una expresión de libertad. Además, constituye un método para abordar, examinar y crear.

Supone dos -"di"- "logos", dos discursos diferentes donde las razones se escuchan recíprocamente, antes y más allá de rispideces y ofensas. Tiene un método: las convicciones deben fundarse en argumentos, en lucha contra las limitaciones internas -los "ídolos" contra los que nos prevenía Bacon-, en esfuerzo lúcido para no tomar por contradictorio lo que puede ser complementario -Vaz Ferreira. Es decir, en acto de parto, que eso quiere decir "mayéutica" en la vida socrática del arte de pensar.

Bien ha hecho el Dr. Larrañaga en señalar que no debe confundirse el diálogo con el acuerdo. Es que, como enseñó Martín Buber, un diálogo es auténtico cuando nadie lleva una solución preformada y todos van a aportar y a oír con espíritu abierto. De eso se trata, de espíritu. Y ahí es donde más duele, porque en el Uruguay tenemos sed de espíritu -en el sentido fuerte, comprendiendo inteligencia, ánimo, voluntad.

Como hace décadas que escuchamos hablar de la lucha de poderes, la guerra de clases revolucionaria y la contraposición de intereses como si fueran panaceas, esto de dolerse por el no-diálogo ha de sonar abstracto.

Pero esa es precisamente la desgracia mayor que deja a la vista el episodio: ni sorprende ni estremece el desplante autista del Primer Mandatario, porque hace largas década que el Uruguay viene disminuyendo el rigor conceptual de los enfrentamientos y la fe en los frutos de las buenas razones.

La ha perdido en la vida pública y hasta en la vida privada, llegando la desgracia del no-diálogo al trabajo y a la familia. La ha perdido, empobreciendo el lenguaje y achicando la comprensión.

Ahora bien. Los países más civilizados cultivan el diálogo hasta el refinamiento. Lo exigen pensadores políticos afines a grupos que integran el gobierno de hoy, como el húngaro Lukács y el alemán Habermas. Lo impone la purificación lógica a que llaman Von Wrght y sus seguidores desde la ejemplar Finlandia.

Por múltiples razones que aquí no caben, la democracia de hoy es el diálogo porque la persona de hoy se edifica sobre su individualidad y su entorno, a la vez.

Todos nos debemos razones.

Y en esa materia, querríamos que siempre se diera el mejor ejemplo desde las alturas, que por ser transitorias deben ser transitables para los partidos, expresión irremplazable del ser nacional.

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