Tramitada la Acción de Amparo, la Jueza de Familia Dra. Fátima Boné mandó al Estado proveer un medicamento de alto costo a un niño de 8 años. Saliéndose de la rutina, dedicó varios párrafos a explicarle al infante el cómo, el porqué y para qué de la decisión. Lo hizo afirmando que todo niño “tiene derecho a recibir una respuesta clara, comprensible para su edad”.
Sin rodeos le dijo: “”Sé que hace mucho tiempo venís pasando por momentos difíciles. Hay días en los que tu cuerpo te duele, en los que te sentís cansado y en los que cosas simples, como jugar, correr o ir a la escuela, se vuelven más complicadas.”... En la formalidad de la sentencia, metió una cuña coloquial en que la Jueza tomó a su cargo ánimo y ánima del párvulo, y lo llevó del sufrimiento a la esperanza, proyectada no sólo en el medicamento otorgado sino en sus propias posibilidades para crecer, estudiar y ejercer sus derechos.
Esta sentencia ha sido elogiada por la sensibilidad de hablarle al niño en términos que él comprenda. Se convirtió en noticia que conmovió a todos.
Aclaremos: tiene precedentes. La propia Jueza Boné le escribió una carta al menor reclamado desde España por el padre, explicándole la decisión al niño que había sido traído sin autorización por su madre: lo cual en su momento fue elogiado en nota de jurisprudencia del Ministro Dr. Ettlin.
Puntualicemos: explicaciones y acompañamiento espiritual se volcaron por escrito en múltiples sentencias del pasado y se transmitieron verbalmente en ciertas audiencias con alma.
Y vayamos más a fondo: la noble sensibilidad que esos gestos transparentan no es una novedad del Derecho de hoy. Al revés: es el rescate del Derecho en sus orígenes, que muchas veces se olvidan en el lenguaje técnico y abstracto de Magistrados y curiales, pero que estuvieron en el punto de partida de la filosofía de la persona que cimientó la actual lógica jurídica.
La sentencia de la Juez Boné merece elogios no sólo por la sensibilidad que trasparenta sino también por las raíces que vivifica. En una época en que choca1mos con automatismos y en que los derechos los cercena cualquier aplicación y grabación sin rostro, todo encuentro con explicaciones en palabras comprensibles es una fiesta.
Eso sí: en su estado actual, nuestro Derecho le debe muchas explicaciones no sólo a los niños sino también a los jóvenes, los adultos y los ancianos, sobre una ristra de incoherencias que no se entienden porque no tienen justificación posible.
Por ejemplo: ¿de qué garantía constitucional sacan las Fiscalías penales la facultad para anunciar tipificaciones y penas temibles y enseguida rebajarlas si se accede a un proceso abreviado en el que los jueces aprueban una transa sin controlar ni hechos ni pruebas?
¿De qué garantía constitucional se extrae un método por el cual hay Fiscalías que se sientan sobre cientos de denuncias sin tramitar? ¿En qué garantía constitucional se asienta la desigualdad en favor de la mujer denunciante y la evaluación de la prueba a partir de prejuicios contra el hombre, que tócanos soportar estoicos en los Juzgados de Violencia Doméstica?
En un país donde cada vez nos entendemos menos, y en el que cada vez hay menos para entender, es un gran bien el esfuerzo por ser explícitos con los niños, a condición de seguir con todo el resto.