El mito de la descentralización

Hoy que es fecha de muerte de Wilson Ferreira vale la pena pensar un poco sobre uno de sus principales legados de políticas públicas y que siempre es reivindicado por quienes se definen wilsonistas: la descentralización.

Hay dos motivos para descentralizar. El primero es práctico. Sostiene que un gobierno local sabrá siempre mejor y más rápidamente cómo resolver un problema de su pueblo, en comparación con un gobierno alejado. La alcaldía de Nuevo Berlín, por ejemplo, puede allí solucionar temas cotidianos de alumbrado e higiene sin depender por ello de decisiones y estructuras venidas de la capital Fray Bentos. Más eficiencia, menos costo, y también más responsabilidad política: si la tarea no es buena, la gente votará por otro alcalde para mejorar la gestión.

El segundo motivo es político. Un poco a partir del principio de subsidiariedad y otro poco atendiendo a motivos de involucramiento ciudadano, resulta que la descentralización asegura una mayor participación democrática. Hay allí una raíz federal, autonómica, localista, de vieja estirpe española y muy presente en el Interior, que naturalmente se traduce en ese reclamo descentralizador.

Hasta aquí el razonamiento va muy bien. El problema es que el diablo está en los detalles y aquí hay por lo menos dos importantes. En primer lugar, está la práctica política partidista: ¿por qué suponer que más alcaldías implicará menos estructura de intendencia? El riesgo es la duplicación burocrática, que a veces incluso responde a liderazgos políticos diferentes: el alcalde del sector tal pone su cuadrilla de limpieza, pero el intendente del sector cual conserva el envío de la suya al pueblo descentralizado. En vez de subsidiariedad, la verdad es que se multiplica el clientelismo estatal: a lo nacional y lo departamental se agrega lo municipal local.

El segundo problema es estructural, educativo y demográfico. Nadie lo va a admitir fácilmente, pero la verdad es que a escala local no siempre hay un elenco gubernativo capaz como para poder dirigir eficientemente una estructura de alcaldía. La razón es sencilla: los mejores formados muchas veces emigraron de sus pueblos a la capital del departamento, del país o al exterior. Al final de cuentas, la alcaldía en cuestión termina siendo un botín público para generar un salario (el del alcalde) relativamente bueno, con una clientela potencial que maneja más o menos discrecionalmente la estructura que se va formando localmente -con lo que eso conlleva de potenciales arbitrariedades-, y que sigue precisando de asesoramiento de fuera de la localidad para cualquier decisión de gobierno más o menos compleja, ya que no es posible en lo local reclutar perfiles de ese tipo (porque ellos no existen).

Si el final de la descentralización es que hay gobiernos locales impotentes para grandes decisiones, que duplican estructuras burocráticas, y que potencian clientelismos atados a disputas locales-departamentales que favorecen caudillismos menores, todo el asunto se transforma entonces en un profundo error político disfrazado de mística democrática.

Ningún político blanco critica hoy a este tótem wilsonista por todos ellos tan apreciado. Estoy seguro, sin embargo, que si Wilson viviera destrozaría sus deficiencias con finas verba e ironía.

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