El incombustible showman político

Italia pasó del culto personalista de Mussolini, al “personajismo” que trajo como novedad Silvio Berlusconi.

El magnate que conquistó el poder político en los ´90, fue un personaje que resulta inexplicable en el escenario por el que habían desfilado intelectuales marxistas de inmensa gravitación sobre las izquierdas del mundo, como Antonio Gramsci y Palmiro Togliatti, además de gigantes de la socialdemocracia como Pietro Nenni y grandes estadistas democristianos como Alcide De Gasperi.

Ese modelo de gobernante europeo acabó cuando, en 1994, se convirtió en primer ministro un millonario de estilo ramplón y estridencia escénica, que embestía contra la política tradicional y encabezaba tres gobiernos, entre 1994 y 2011, en alianza con el separatismo lombardo que lideraba Umberto Bossi y proponía la secesión del norte para crear un país rico, y de ricos.

Berlusconi fue el primer outsider y quien generó una era de outsiders, rubro en el que fue pionera Ilona Staller, la actriz porno de origen húngaro conocida como “la Cicciolina”, que ganó un escaño en el Parlamento en 1985. Pero al mayor terremoto lo causó el millonario que amasó fortunas con la construcción, con la telebasura y con el futbol, entre otras cosas.

Hasta Berlusconi, los nombres de los partidos llevaban las palabras Socialista, Demócrata Cristiano, Comunista, Radical, Republicano, etcétera. A partir de que ese outsider creó Forza Italia, las fuerzas políticas pasaron a tener nombres como La Liga, El Olivo y Cinco Estrellas.

Con Berlusconi, la política italiana aportó un modelo de liderazgo que, en la ética y en la estética, se sitúa en el polo opuesto a los liderazgos que marcaron el siglo 20 europeo.

Como una ironía de la historia, ese showman de la política llegó a ser el gobernante que más tiempo estuvo en el poder. En Estados Unidos, Donald Trump es la réplica actual, en versión autoritaria y truculenta, de lo que fue Berlusconi en su país: el millonario trasgresor que embiste contra la política tradicional rompiendo las reglas.

El magnate italiano fue también un político inoxidable, que puede cometer fechorías de todos los calibres, sin perder el apoyo incondicional de sus seguidores. Podía ser frívolo, amasar fortunas con negocios turbios, tener vínculos con la Cosa Nostra, cometer el aberrante delito de prostitución y abuso de menores, sin que sus votantes conservadores y católicos dejen de admirarlo y votarlo.

Con más de cien juicios teniéndolo en el banquillo de los acusados, fue un pionero de victimizarse de “conspiraciones de la clase política” para destruirlo mediante la guerra judicial.

Sobrevivió a situaciones impresentables, como la que protagonizó una menor de origen marroquí que se popularizó como Ruby “Ruobacuori” (roba corazones), que habría pasado por su alcoba en las noches de “bunga bunga” y por la que presionó a la justicia italiana para que la liberen y dejen retornar a su país, diciendo una mentira inmensa y desopilante: que era sobrina del déspota egipcio Hosni Mubarak.

Carlos Menem fue una versión argentina de Berlusconi, expresando el conservadurismo neoliberal que promovió el Consenso de Washington en la década del noventa.

Encantador de serpientes en el mundo de los negocios, el osadísimo joven que cantaba y seducía mujeres ricas en los cruceros, saltó al negocio inmobiliario y, desde allí, a reinar en los medios de comunicación más importante del país, adueñándose desde el imperio Mediaset hasta la editorial Mondadori.

Al mismo tiempo, se convertía en zar del fútbol comprando el Milan y creaba el partido que se adueñó de la derecha italiana.

Como si fuera de amianto, salía intacto de escándalos que habrían incendiado la carrera de cualquier otro político europeo. Podía ser vulgar y decir groserías como las que canalizaban su desprecio a Angela Merkel; ser amigo de Muhammar Jadafy, además de presunto socio en oscuros negociados, o realizar fiestas orgiásticas en su mansión de Árcore.

Nada parecía dañar su imagen, que envejecía sumando cirugías plásticas y haciendo cada vez más evidente la tinta que le mantenía oscuro el pelo.

Pero en los últimos años, su estrella política se opacó y apenas pudo “colgarse” del asenso de una nueva figura, para colmo mujer, algo fatal para un cultor del machismo conservador.

A las mujeres lindas y jóvenes las quería en la cama, no al frente de un gobierno del que formara parte Forza Italia.

Giorgia Meloni lo relegó a un segundo plano. Pero lo que más lo opacó en esta etapa crepuscular de su trayecto, fue ser amigo y admirador de Vladimir Putin, justificando incluso la brutal invasión a Ucrania. Mientras que Meloni, aún compartiendo con el jefe del Kremlin su ultranacionalismo conservador, en la disyuntiva que planteó la guerra, eligió la vereda de la OTAN.

El final de Berlusconi lo encontró rodando cuesta abajo. Pero su historia personal dejó una marca controversial en la política de este tiempo.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar