El dogmatismo de izquierda

FRANCISCO FAIG

La gran mayoría de los politólogos, sociólogos, trabajadores sociales y líderes de opinión (en la cultura o en los medios de comunicación) no son muy profundos en sus críticas a la gestión de los gobiernos frenteamplistas. Afines a la izquierda, en ellos siempre pesa mucho más el alineamiento ideológico al "proyecto político progresista" que la libertad ciudadana y el compromiso social de interpretar la evolución del país sin dogmatismos y con sentido de responsabilidad colectiva.

Contra un gobierno no frenteamplista, ¿qué no hubieran dicho, si la policía hubiera dado muerte a un joven como ocurrió en el Marconi hace unos días? Para descalificar a ese gobierno, ¿qué epíteto se hubieran ahorrado por la muerte de catorce reclusos en el incendio de la cárcel de Rocha? ¿Cuántos análisis críticos a los partidos tradicionales hubiera habido, si el restablecimiento de la pena de muerte en las cárceles (por la vía de los hechos, entre reclusos, y a un promedio de uno por mes) hubiera ocurrido en tiempos del "neoliberalismo de los noventa"? Si el gobierno no estuviera en manos de compañeros de izquierda, ¿cuán furibundo sería el anatema que calificara la actual fractura social del país como consecuencia de una década perdida por una educación clasista y sin rumbo?

Sin embargo, en vez de elevar aunque más no sea el dedo meñique para interpelar francamente, en clara y alta voz, los horrores de este gobierno de izquierda, un día sí y otro también, nuestra intelligentsia se dedica a formar la opinión de que, del otro lado, en los partidos de oposición, no se vislumbra un camino alternativo capaz de conducir el país.

Y es cierto que blancos y colorados precisan de un esfuerzo formidable para presentar un elenco numeroso, renovado y bien formado, capaz de persuadir al país de que el cambio es posible y de que la alternativa estará en buenas manos. Seguramente, hoy tengan mejores recursos humanos de lo que muestran; probablemente, son menos de lo que realmente precisan.

Pero también es cierto que no hay peor ciego que el que no quiere ver. Expuesto a los ojos críticos de la cultura dominante hegemónica de izquierda, cualquier equipo de gobierno de los partidos tradicionales será, siempre, denostado. Se preferirá los almuerzos de Lorenzo, la meliflua voz de Ehrlich, la defensa del populismo de Constanza Moreira o el aguerrido leninismo de Olesker. Y no importará que sus resultados de gestión sean paupérrimos a la luz de la bonanza que ha vivido el país y sobre todo, a la luz de la promesa del país de primera.

Porque el dogmatismo de la hegemonía izquierdista, antes que analizar qué propone el adversario político, considera que todo lo que él plantee, por su origen mismo, es y será sospechoso e inferior. Es por eso, por ejemplo, que esa cultura (que gusta posar de progre y crítica), prefirió votar en blanco en Montevideo en mayo de 2010. Es decir: dejó que ganara una heladera compañera, antes que ayudar a impedir su triunfo votando a un candidato blanco o colorado.

Los partidos tradicionales, que precisan profesionalizar y exigir mayor calidad en el fondo y en la forma de sus propuestas, no terminan de percibir esta estela de dogmatismo con la que hace décadas la izquierda ha invadido la cultura nacional. Es de una ingenuidad infantil suponer objetividad en los análisis de esa intelligentsia. Lamentablemente, está muy extendida.

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