El Derecho y sus mártires

Senadores gubernistas visitaron al Fiscal de Corte para mover la indagación a su colega Charles Carrera. Como se sabe, está pendiente de aclaración el uso que, cuando fue jerarca del Ministerio del Interior, hizo del Hospital Policial para su cónyuge y para un ciudadano rochense, víctima de una bala perdida que lo dejó paralítico cuando en la casa del vecino se celebraba una fiesta de jerarcas policiales.

La entrevista patentizó una demora inadmisible en un tema que no debió dormitar, pues desde el comienzo hubo razones de interés general para despejar rápido el enchastre. Aun así, no aplaudimos la visita ni su publicitación, que dio imagen de presión política, como bien observó Raúl Ponce de León en Primera Mañana de El Espectador. Y eso zahiere el alma independiente del Ministerio Público, otrora custodiado por conductores sin ruido -Berro Oribe, Robatto-, cuyo ejemplo no debe borrarse en el laberinto en que hoy están atrapadas las Fiscalías.

Es un laberinto, sí, no solo por la tardanza, sino porque, para funcionar apenas en cámara lenta, necesitan evitar los juicios y para eso forcejean acuerdos en procesos abreviados, donde se regatean las penas y el tipo del delito a imputar. Con esto, los jueces se limitan a aprobar transacciones en vez de dictar sentencias sobre el fondo. Y así, un caso resonante como el de Astesiano, se cerró por acuerdo festejado y no por sentencia ejemplarizante.

Semejantes resultados no son casualidad. Los previeron muchos críticos del CPP mientras lo remendaban y le armaban la ortopedia con la que se lo botó al mar. Entre esos críticos, fue protagónico el Dr. Enrique Viana Ferreira, de cuya muerte ayer se cumplieron dos años. No siempre compartí sus dictámenes como Fiscal, pero siempre reverencié su intelecto y su ejemplo de independencia. Fue uno de los varios Magistrados que renunciaron el día que se le amputó el Derecho Penal al Poder Judicial y salieron a pelear por la vida para no quedar peleados con ellos mismos.

Viana cayó en una vereda de la Ciudad Vieja. Para el Derecho, la calle es un territorio tan propio como los libros, los Estudios y los Juzgados. El Derecho es hijo de la filosofía peripatética, que se llama así porque Aristóteles la enseñaba paseando por Atenas. El Derecho es callejero, además, porque en las calles se cumple buena parte del soliloquio de los abogados que transitamos con nuestra carga de éxitos, fracasos y angustias ajenas y propias. Y callejero es también el principismo y la vibración que une al más humilde de los hombres de bien con la esencia del Derecho. Y nada de eso lo matan las modas ni la informática ni el marketing.

Como toda idealidad, el mundo jurídico requiere profesar, en el debate intelectual y en el arrojo. Genera sacrificados y mártires: el profesor Enrique Sayagués Laso, la jueza Mariflor Contreras, el abogado Rafael Inchausti y la alguacil Ana Brea, murieron asesinados por cumplir su deber. Fueron patéticamente notorios. A su lado, en silencio son legión los juristas que por defender una certeza de conciencia entregaron salud y vida.

Y no solo entre los profesionales, también en el común de los ciudadanos el Derecho esparce el sufrimiento de sus violaciones, muchas veces lacerante.

Por todo eso, es un deber de la asociación política de todos los habitantes de la República -art. 1º de la Constitución- sacar de la cartelera diaria a la llamada Fiscalía General de la Nación, reconstruir al Poder Judicial y recuperar el modo nacional de hacer justicia.

Por el bien de lo que vendrá.

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