¿Dónde está el cangrejo?

Vivimos una conciencia agudizada del impacto de nuevas tecnologías. El uso del iphone por niños y adolescentes; la adicción a las redes, con sus efectos de aislamiento, con sus inadecuaciones como fuente de información, con su propensión a distorsionar (no informan/confirman), con su falta de autoría responsable y sus fake news, con su tendencia a poner la emotividad por sobre la racionalidad, con su invasión de la privacidad. Luego, el fenómeno de la IA, su potencialidad y sus peligros.

Hay un cambio en la concepción de la verdad. Ya no es verdad lo que corresponde a realidad. La noción se tiñe de funcionalidad.

En todo esto, el foco de las preocupaciones está puesto exclusivamente en las tecnologías: ¿Qué hacer con ellas? ¿Prohibirlas? ¿Regularlas? La visión es la de una invasión al ser humano desde afuera. Desde la tecnología. Y nos olvidamos de que el eje del asunto es la persona. Que los efectos de esos instrumentos son los que son porque impactan sobre sociedades que han venido instrumentando cambios que afectan a las personas .

Algunos de esos cambios son profundos y vienen desde hace mucho tiempo, a veces sin que se tenga conciencia de ello. Occidente ha ido abandonando los fundamentos filosóficos y teológicos que lo sostuvieron. Que daban sostén a su concepción de sí mismo y a su moral. A partir de raíces bíblicas y filosóficas. Sobre ellas existió una edificación común, una concepción del ser humano y de la sociedad, basada en la noción de una creación. Creación personal y ordenada, querida, no casual. Esa creación se manifiesta en un orden. Que tiene también un fin. Un telos: el bien común. El hombre no es fruto de la casualidad y tampoco del capricho: es creado por algo (alguien) y para algo (su florecimiento personal, que culminará en su perfección).

Esta noción (que en los albores es filosófica), entroncará con el judaísmo y - fundamentalmente - con el cristianismo y comenzará a ser sacudida con las reformas protestantes. Su vinculación con la religión católica hará que sea atacada a la par de ésta. Las guerras religiosas llevarán a muchos a buscar fundamentos que puedan ser pacíficamente aceptados, abandonando la concepción del derecho natural.

Locke, procurando la paz política , propondrá dejar de lado la noción teleológica de la creación y reducirá las metas del hombre a la defensa de ciertos derechos básicos para la vida. De esas corrientes, nacerán los utilitarismos y las teorías del egoísmo racional. Contra estos, Kant postulará una moral del deber. Luego, los románticos rechazarán todo eso, postulando el sentimiento creativo como la norma básica y, tras ellos, Nietsche culminará negando la existencia, no solo de un creador, sino de una moral objetiva. Después campeará el positivismo y ya en nuestros días el relativismo (yo pienso así) y el emotivismo (yo lo siento así).

Con esos fundamentos, se desarrollará una concepción del derecho radicalmente diferente a la que imperaba en los orígenes y hasta las reformas. En las tradiciones judeo-aristotélica-cristiana-, el derecho era entendido como la contracara del deber. El cerno de la moral estaba en los deberes, siempre considerados dentro de un orden, determinado por la realidad (la naturaleza) y por el fin: el bien común.

Ya con Locke eso empieza a cambiar: la noción de bien común se ve como muy teñida teológicamente y será sustituida por la de utilidad/satisfacción. Ese cambio impactará sobre la noción de derecho: ya no será la consecuencia del deber, dentro de un orden y explicado por un telos. Pasará a ser un atributo de la persona: nace el concepto de derecho humano. Su sentido está en la persona, en su realidad personal.

Ese cambio al comienzo no corta el vínculo con la noción de naturaleza, de un orden que hace a la sociedad y al individuo. Pero termina cortándose: hoy se habla de derechos individuales. Míos. Su razón de ser es mi desarrollo personal. Y eso se consigue con el mayor desarrollo de mi libertad personal, que pasa a ser el centro de la moral y del derecho.

La libertad no solo ha dejado de ser lo que Berlin llamaba “libertad negativa” (libertad “de”) ausencia de constreñimiento, sino que tampoco queda circunscrita a una “libertad positiva” (libertad para) enmarcada en un orden general de libertades. Ahora es un derecho individual: mío. Referido a mí y que los demás deben respetar.

Esos derechos tampoco se limitarán con las realidades. Son frutos de la voluntad más que de la razón. Eso explica el fenómeno de explosión de reclamos y sus consecuencias: condicionan la noción sobre la naturaleza humana, sobre el bien y el mal y las relaciones con los demás. Esto corre en paralelo del concepto de verdad que ya mencioné. Produce fenómenos como el de Trump, cuyas afirmaciones rocambolescas son aceptadas por millones de personas como algo que trasciende la noción de verdad/realidad.

Es en esa realidad, de relatividad de valores, de individualismo extremo, de desvarío acerca de lo que es verdad, que irrumpen los nuevos medios tecnológicos. Caen en manos de personas que dan un valor relativo a casi todo (menos su desarrollo personal), que no valoran la verdad, que perdieron la noción de un telos en sus vidas. Las nuevas tecnologías potencian esas grietas , agudizan el egoísmo, el menosprecio por la verdad, la inmediatez.

Antes de discutir cómo se hace para “humanizar” los medios, tenemos que volver a enfocar preguntas básicas acerca del ser humano: ¿De dónde venimos? ¿Cuál es el origen? ¿Cuál es el sentido? ¿Tiene un sentido? ¿O es casualidad? En cuyo caso ¿todo da más o menos igual?

Mientras los medios tecnológicos sean más fuertes que la formación humana, no habrá reglamentos que los domestiquen y acoten sus consecuencias negativas.

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