Los últimos días no han sido gratos para el gobierno. Mientras el caso Astesiano sigue repercutiendo, al mismo se suma el inoportuno pasaporte de Marset, las explosivas declaraciones de Carolina Ache y la compleja problemática de Gustavo Penadés, una figura relevante en el oficialismo.
A estos contratiempos periféricos, se suman las negativas condiciones generales que asolaron el país. Epidemia, guerras externas, sequía. Tal como si los cielos no quisieran dar descanso a la actual administración que tampoco logra una mínima colaboración por parte de la oposición, cerrada a cal y canto a colaborar en la solución de los profundos desafíos que soportó y aún soporta el país.
No es fácil determinar la razón de este modo rígido de oposición, una modalidad que salvo momentos excepcionales de nuestra historia, como los enfrentamientos bélicos, no integra nuestras tradición. Por eso lo primero que acude a la mente buscando el motivo de esta negatividad son las diferencias ideológicas, aquellas tan profundas que enervan cualquier posibilidad de consenso. Sin embargo no son éstas las razones que los frentistas expresan como apoyo de su estrategia, que justifican alegando problemas circunstanciales o la impericia del oficialismo.
¿Cómo explicar entonces esa ajenidad permanente al accionar del gobierno, rechazando una enorme proporción de sus medidas o promoviendo plebiscitos o inéditas reformas constitucionales para derogarlas, si se excluyen las causales ideológicas, que como dijimos, el Frente nunca menciona? Y es aquí donde se desata el nudo. El Frente tiene dentro de sí tres ideologías de fuerte contenido conceptual y valorativo. No referimos al marxismo-leninismo del Partido Comunista y a su similar, también marxista del Movimiento de Participación Popular. Las distinguen cuestiones menores como la opción entre guerrilla o lucha de clases para concretar al nuevo estado, por más que ambas coinciden en la superación del capitalismo y su sustitución por el socialismo. La coalición, en expresión poco influyente, también alberga a grupos social demócratas.
Sin embargo, lo que la caracteriza es un único discurso común a las tres ideologías. Un discurso donde no se invoca jamás la revolución, la estatización de la economía o la lucha de clases, conceptos que aún debilitados, persisten en su ideología, sino generalidades para mejorar el capitalismo, como las que exterioriza cualquier partido burgués. Un resultado similar al que persiste en la iconografía frentista, volcada al crecimiento económico y a la “democracia burguesa.”
Como consecuencia de este ocultamiento se plantea una radial diferencia entre discurso, expresión de objetivos inmediatos e ideología, explicación sobre el porqué de ellos. Ello otorga a estas formaciones, mayoritarias en el Frente, una extraña incongruencia, común en comportamiento cotidiano tanto del Partido Comunista como del Movimiento de Participación. Agrupaciones que pese a situarse en la extrema izquierda, ofrecen un discurso público de fisonomía semi liberal. Aún cuando, limitados por su ideología, razón de ser de su existencia política, la ocultan mediante generalidades. Las mismas que utilizan para justificar su oposición, omitiendo la raíz profunda de la misma.