Desde Bielsa a la grandeza

Palpita en las redes un texto sin pie de firma, que sostiene que con cada Mundial “Uruguay se mira a sí mismo a través de una camiseta; y la nación deposita sobre once futbolistas una responsabilidad absurda… Se piensa y se habla “como si los trofeos obtenidos por hombres muertos o jubilados pudieran marcar goles en el siglo XXI. Pero la selección entra al campo y ocurre algo incómodo: aparece la realidad…, los nuestros juegan como juega la nación entera: al empate”.

“Y cuando el equipo fracasa… nadie formula la pregunta esencial: ¿Por qué una sociedad acostumbrada a administrar su decadencia espera producir excelencia de manera automática? Se exige una selección campeona desde una estructura social que castiga el riesgo, sospecha del talento y celebra la mediocridad. El problema nunca fue futbolístico. El problema es cultural. Nadie quiere fracasar, pero tampoco se acepta el precio de triunfar”.

En los mismos años 50 en que Uruguay era democracia sobresaliente y se consagraba campeón mundial, el neurólogo británico Donald M. MacKay hizo ver que mientras el feedback -la retroalimentación- nos ajusta el organismo en respuesta o adaptación ante lo que ya pasó, tenemos un feed-forward -la anteroalimentación- que cambia por y para recibir lo que vendrá de afuera y crear lo que seremos por dentro.

La anticipación es una función fisiológica crucial para la resiliencia -cuya invocación está de moda- y para el albedrío -cuyo valor no está de moda pero no muere.

Setenta y tantos años después de identificada por la neurología, es tiempo de entrenar al Uruguay en la facultad de prever lo cercano y otear lejanías. Es imprescindible para que, en vez de enzarzarnos en la personalización de lo inconducente, construyamos personas enterizas en convicciones y voluntad y rearmemos el alma, dejando lo gris atrás.

Los hechos nos gritan. Desde hace años, caminamos Montevideo entre desarrapados embrutecidos por la drogadicción, no por “consumo problemático”. En el reciente junio fueron asesinadas por su pareja cuatro mujeres, en crímenes que ya integran nuestro paisaje mental en términos de aberración, evidenciando que la guerra verbal y judicial contra la llamada “violencia basada en género” agita banderas, azuza fanatismos pero no inculca obediencia al sencillo “No matarás”, que evita atrocidades, ya sea que venga de lo alto de los cielos o que brota de las entrañas del apego animal.

Al Uruguay de hoy, sólo lo ha de rescatar un gran salto espiritual hacia convicciones firmes, que abracen incondicionalmente los valores vertebrales de la mejor versión de lo humano. De lo contrario, seguiremos bajando la guardia, llenando formularios y viviendo en la cortita, sin asomarnos al Universo y reduciendo el alma a adaptación y funcionamiento del psiquismo.

Bielsa se despidió con sentimientos de culpa. No fue el único responsable. La desgracia se incubó en los genios que lo contrataron, en los jugadores que mal vistieron la celeste y en el abandono de la pasión por la grandeza de encarnar talentos y virtudes, que muy bien nos manda la Constitución.

Pero que ¡ay!- se olvida entre funcionalismos materialistas de todos los pelajes, que nos sumirán en medianía y fracaso, mientras no nos despertemos.

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