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Desconfiar del estalinismo

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El estalinismo es algo que caracteriza profundamente el ethos de la izquierda. No solamente influencia su concepción de la Historia y de la acción política, con su sentido imparable, aunque lleno de vericuetos, en favor del horizonte socialista; sino que también define pilares morales y una jerarquía de valores que terminan calando muy hondo en la identidad, el discurso, las preferencias y las opciones del principal actor de nuestro sistema de partidos, de varios de los más relevantes jugadores del sector sindical, y de la enorme mayoría de los más conocidos e influyentes integrantes de nuestro mundo cultural y universitario.

Hay varios libros que muestran algunas de las distintas aristas de ese ethos. Por ejemplo, desde (el ya arqueológico) “La esfinge roja” de Emilio Frugoni, pasando por “El ocaso y la esperanza” de Jaime Pérez, “La revolución imposible” de Alfonso Lessa y “El cielo por asalto” de Hebert Gatto, o terminando por dos más recientes como “30 años de stalinismo en Uruguay” de Fernando Aparicio o “Gramsci, su influencia en Uruguay” de Juan Pedro Arocena, todos arrojan distintas luces sobre la profundidad y la proyección del estalinismo. Sin embargo, para su entendimiento psicológico y político existe también una vasta literatura internacional. Hoy destaco aquí “La vida privada de Stalin” de la historiadora Lilly Marcou, con la cual se puede profundizar la siguiente dimensión clave del estalinismo: lograr que sus víctimas conjuguen motivos para comprender, justificar y adherir al verdugo.

Como manipulador impar que fue, Stalin usó esta indignidad sin remordimiento alguno. Cuando mandó encarcelar a miembros de su familia, por ejemplo, en ella “nadie pensaba que pudiera ser responsable de su arresto”, escribe Marcou. El caso de su gran canciller Molotov es tan ilustrativo como inconcebible: fue obligado por Stalin a divorciarse en 1948 y su mujer fue luego arbitrariamente deportada a Kazajistán; al salir de la cárcel años más tarde, lo primero que preguntó preocupada a Molotov fue acerca de la salud de Stalin.

Este estalinismo explica uno de los motivos por los cuales los zurdos moderaditos terminan siempre alineados tras los más duros izquierdistas. En definitiva, no importa nada las razones que arguyan para mostrar su beata razonabilidad socialdemócrata: ellas sólo convencen a los incautos que quieren ser convencidos y que a su vez se niegan a ver que, cuando las papas queman, todos en la izquierda actúan disciplinadamente unidos. Es que para los izquierdistas, en el fondo, las personas son sólo medios; lo que realmente importa es cumplir el objetivo sagrado del campo socialista: estalinismo puro.

El problema, empero, es del otro lado. En efecto, pasan los lustros y agobia comprobar cómo los dirigentes políticos, sociales y económicos que se sienten a priori alejados de la izquierda son como unos niños ingenuos que siguen creyendo en el blablablá zurdito moderado. La verdad es que, por ejemplo, si hubiere un gobierno izquierdista en 2025, los Oddone y compañía, que hoy prometen compostura y previsibilidad, no tendrán peso ninguno en las fuerzas reales que mandan en la izquierda. Y no hay que ser un genio para darse cuenta de la engañifa: alcanza con desconfiar del estalinismo.

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