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Democratizando la barbarie

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En España el socialismo retuvo el poder que le quitaban las urnas, negociando con el separatismo catalán. En Francia el centrismo aventó un inminente giro a la ultraderecha, con una pequeña ayuda de sus nuevos amigos de la izquierda radical. Estados Unidos está a las puertas de una nueva era populista con Donald Trump. En Venezuela a Nicolás Maduro no le tiembla la voz en aclarar que retendrá el poder cualquiera sea el resultado de las elecciones, invocando para ello el apoyo de “países con tecnología de punta en combate: nuestra hermana Rusia, nuestra hermana China y nuestra hermana Irán”.

Ucrania sigue desangrándose en una masacre feroz perpetrada por uno de los hermanitos de Maduro. Cabe preguntarse, entonces, ¿qué tiene que ver la democracia liberal con todo esto?

Parece que Occidente se desmoronara desde afuera y desde adentro.

Desde afuera, porque las dictaduras y autocracias fundamentalistas lo ponen en jaque a través de guerras o atentados sanguinarios.

Desde adentro, porque la saludable multiculturalidad viene siendo tolerante desde hace décadas con la penetración ideológica de signo contrario.

El Parlamento Europeo prohibió oportunamente los símbolos de los peores totalitarismos del siglo XX -la esvástica y la hoz y el martillo- pero no fue capaz de educar a las nuevas generaciones en el reconocimiento de sus herencias ideológicas: el pensamiento único y la cultura de la cancelación, que se cuelan por todas partes disfrazadas de independencia intelectual.

El invento occidental de las redes sociales también ha hecho un eficiente trabajo en tal sentido. Aunque nos regalan la información del mundo entero en la pantalla de nuestro celular, paradójicamente nos condenan al viejo oscurantismo medieval. Porque las noticias y opiniones son tantas y tan diversas, que las redes se rentabilizan en la medida en que seleccionan los contenidos en forma personalizada para cada destinatario. Así nacen las cámaras de eco: gente que se informa siempre escuchando una sola campana o reaccionando agresivamente a exabruptos del signo contrario. Lenta, silenciosa e imperceptiblemente, la pantallita del celular nos va simplificando el sentido crítico, reduciéndolo a un juego de opuestos que será quien vuelque la opinión pública hacia esos extremos ideológicos hoy triunfantes.

Lo interesante es que la academia no hace nada para advertir acerca de estos riesgos. Al contrario, suele subirse al carro del desastre, como ha señalado de forma contundente Jorge Grünberg en su reciente columna “La Intifada cool”. Hasta en Montevideo tuvimos universitarios arrogantes, bisnietos de los revoltosos de mayo del 68, reivindicando la barbarie de Hamás, entonando consignas antisemitas y aderezándolas con alegatos a favor de la diversidad sexual, como si esta última y el integrismo islamista coincidieran en algún descabellado punto.

La aversión a los inmigrantes de la derecha francesa tiene su espejo en el antisemitismo de la izquierda: nadie defiende la libertad, todos buscan un enemigo al que culpar de la propia incapacidad, según el más rancio criterio goebbeliano.

Un viejo chiste dice que si empieza la tercera guerra mundial hay que venir a Uruguay, porque acá los problemas globales demoran 20 años en llegar. Intuyo que ha dejado de ser así: la conectividad digital está democratizando la barbarie.

A veces cuesta creer la pobreza argumental de quienes pretenden persuadir a la opinión pública sobre los temas políticos de hoy en día. Esta semana escuché decir a una defensora del plebiscito del Pit-Cnt que tanto los legisladores como los economistas de izquierda que lo cuestionan, en realidad lo hacen porque ganan mucha plata y el cambio los desfavorecería en sus finanzas personales. Lo dijo en un programa de televisión abierta y nadie se inmutó.

En un debate en VTV, un senador a favor del mismo plebiscito rechazó la imputación de que los recursos públicos volcados a la previsión social restarían inversión en primera infancia, argumentando que si gana, los abuelitos tendrán más plata para comprar útiles escolares a sus nietos. Juro que lo escuché.

Me inclino a pensar en que hubo una época del país en que los multiplicadores de opinión no eran tan básicos, donde se llegaba a un cargo público por mérito intelectual y no por hacer chistes de salón o sacar de la galera falacias de cuarta.

Pero es lo que también está pasando en nuestro pequeño país occidental, tan alejado y tan cercano a los inflamables centros de poder mundial.

La demagogia simplificadora está barriendo con el sentido común; los temas que más se discuten son absolutamente irrelevantes y la polarización se vuelve adictiva.

Cuando nos llegue a nosotros la disyuntiva de tener que votar a la extrema derecha para que no gane la extrema izquierda o viceversa, el país de José Pedro Varela y José Enrique Rodó será un mero recuerdo fantasmal, de esos que aparecen de pronto en el fondo de un baúl arrumbado en el desván.

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