Por qué la pregunta?
¿No es obvio que van juntas?
¿Acaso puede la Democracia prescindir de la verdad?
Pero, como le preguntó Pilatos a nuestro Señor Jesucristo, “¿qué es la verdad?” (y se fue sin esperar la respuesta).
O sea, ¿cómo se determina la verdad en una Democracia?
La libertad es un pilar esencial de la Democracia. Pero, si ésta determina lo que es verdad, ¿no se estaría vulnerando la libertad?
Joseph Ratzinger (Benedicto XVI) lo plantea así: “…¿puede asumir la política la verdad como categoría para su estructura? ¿O debe dejar la verdad, como dimensión inaccesible, a la subjetividad y tratar más bien de lograr establecer la paz y la justicia con los instrumentos disponibles en el ámbito del poder? (” Jesús de Nazareth”)
Ahora si, cediendo a la noción contemporánea de libertad, la Democracia resuelve que la verdad es una cuestión de cada uno, que no puede establecerse objetivamente, entonces la resultante será el relativismo.
El relativismo - dice Ratzinger - “surge, (contemporáneamente), como el fundamento filosófico de la Democracia: nadie tiene el camino correcto, porque la Democracia vive de los fragmentos del esfuerzo común por encontrar el mejor camino y de los conocimientos contrapuestos que no pueden reducirse a una fórmula común.” (“Fe, Verdad y Tolerancia”)
Pero cuando eso lleva a absolutizar el relativismo se pierde la noción de bien , de mal y de justicia. Una sociedad necesita tener criterios comunes que garanticen verdaderamente la justicia para todos, criterios fuera del alcance de las opiniones cambiantes y de las concentraciones de poder (R. Albino, “Ratzinger y los Filósofos”)
Si eso no es alcanzable, sólo queda la regla de la mayoría y ésta no discurre, en su esencia, por carriles morales.
Para Hans Kelsen, filósofo positivista, Pilatos actuó correctamente - democráticamente - al no esperar la respuesta de Jesús y someter el asunto a la decisión de la mayoría. El ejemplo elegido no deja de ser elocuente.
Es que, si bien para una enorme gama de temas que deben zanjarse jurídicamente la regla de la mayoría es razonablemente apta, hay una serie de cuestiones fundamentales, de naturaleza moral o jurídica, para los cuales la mayoría no basta.
La Democracia requiere de la tolerancia (Locke), pero una tolerancia sin límites quita los mojones básicos para la convivencia social y política.
Para cierto liberalismo - de raíz más bien Iluminista - y, sobre todo para las concepciones contemporáneas que encuadran la libertad como el derecho al desarrollo individual sin otro parámetro que mi realización personal, las decisiones políticas deben tomarse independientemente de cualquier concepción de la vida buena. Ninguna concepción del mundo puede considerarse superior a otra. La noción de verdad objetiva es vista como una amenaza a la libertad individual. La propia noción de un bien común, esencial a la moral judeocristiana, es resistida o directamente negada, en la medida en que afecte mi derecho. El bienestar personal será lo único que valga la pena.
Lo vemos cotidianamente y está claro que no funciona. Cuando la cosa se tranca, nuestra democracia, ya muy percudida de relativismo, recurre a un orden superior (reconocido como tal): la Constitución. Todo será relativo, pero si la Constitución dice una cosa, debe aceptarse: Ahí no hay libertad personal que valga.
No deja de ser curioso: el relativismo necesita aterrizar y lo hace en un ordenamiento jurídico elevado a la categoría de verdad última, indiscutible. Ordenamiento, dicho sea de paso, de carácter jusnaturalista.
Es que no hay libertad si no es dentro de un orden de libertades y no puede haber Democracia, sin un fundamento último de verdad. Que reconoce - y fomenta - el pluralismo, pero que requiere, de última, reconocer la existencia de verdades objetivas.
Ese reconocimiento es el que lleva a explorar la noción clásica de la existencia de un orden natural, producto de una creación que no sólo explica el origen, sino también el fin de lo creado, del universo y del ser humano, recogido en un derecho natural sobre el cual descansa el funcionamiento correcto de la Democracia.
No hay derechos sin deberes. No hay Democracia sin justicia. . No hay justicia sin verdad.