Muchos de nosotros vivimos en el carnaval unos días extra de descanso, como un bonus track de las vacaciones previo al comienzo del año. Pero vale la pena recordar su origen multifacético que combina elementos tanto religiosos como paganos.
En el cristianismo, el carnaval es la celebración previa al inicio de la Cuaresma, un período de reflexión y penitencia de 40 días previo a la Pascua. Las festividades del carnaval permiten a los fieles disfrutar antes de entrar en un tiempo de abstinencia que comienza con el miércoles de ceniza.
Pero desde antes, en la antigua Grecia, se celebraban festivales en honor a Dionisio, el dios del vino, la fertilidad y el teatro, con máscaras y disfraces.
En culturas como la romana y la celta, se celebraba la llegada de la primavera con festivales que incluían música, danza y disfraces, cargados de simbolismo y esperanza.
En la Edad Media, durante los carnavales todo se transformaba y reinaba el desborde. Los hombres se vestían de mujer, la gente podía insultar al rey y a los obispos, y la embriaguez y las obscenidades primaban sobre la sobriedad. Fuera cual fuera la realidad de nacimiento - hombre o mujer, rico o pobre -, el carnaval era una oportunidad para escapar de ella. Era un espacio de critica del statu quo, una forma de desahogarse, que también desencadenaba en auténticas revueltas populistas y desbordes. En 1278, 200 personas bailaron en un puente de Utrecht, Países Bajos, hasta que se derrumbó y todos se ahogaron. En 1511, un carnaval en Udine, Italia, se convirtió en un motín que provocó el asesinato de 50 nobles y el saqueo de más de 20 palacios.
Con el tiempo, estas celebraciones paganas fueron incorporándose a las tradiciones cristianas, creando un sincretismo que ha dado lugar a las diversas manifestaciones del carnaval que conocemos hoy en día en todo el mundo, transformándose en una festividad de alegría y celebración que combina elementos de ambas herencias culturales.
En Uruguay nuestras ciudades se visten de colores vibrantes, música y alegría. Con el carnaval más largo del mundo, la tradición se remonta a la época colonial, cuando los españoles y portugueses trajeron consigo sus costumbres. Con el tiempo, se fusionaron influencias africanas, indígenas y europeas dando lugar a las famosas murgas y conjuntos de candombe en una celebración vibrante y diversa, llena de ritmo y creatividad.
El carnaval es también un acto de memoria colectiva, de forma sobria de protesta disfrazada de alegría, de acto político en el que la máscara permite decir lo que a veces no se puede decir a pleno rostro. La máscara del carnaval no oculta, revela.
El carnaval es, como la vida misma, una constante búsqueda de equilibrio entre lo festivo y lo serio. Entre alegría desbordante y recogimiento, como también nosotros pasamos por períodos en los que la felicidad abunda y otros en los que nos enfrentamos a desafíos que requieren reflexión y crecimiento personal. Porque siempre hay un tiempo para reír y un tiempo para pensar. Es un recordatorio de que cada uno de nosotros, en la diversidad de nuestras experiencias, tenemos la capacidad de encontrar la magia en ese equilibrio. Feliz carnaval a todos y que cada uno de nosotros encuentre su propio significado en esta celebración de la vida.