Defensa burkeana del catolicismo

La defensa de los derechos de los católicos irlandeses por parte de Edmund Burke se basa, parcialmente, en un aspecto que vale la pena detenerse que es su visión positiva del catolicismo en un espacio y tiempo en que eso era muy poco frecuente entre quienes se pretendían ilustrados.

Su biógrafo Russell Kirk comenta que “Burke era un anglicano sincero” y “sin embargo, los católicos oprimidos -más de dos tercios de la población total de Irlanda- no tuvieron un mejor amigo”. Sin dudas Burke pensaba que el fin del régimen de persecución que imperaba en Irlanda sería beneficioso para todo el imperio británico, pero también pesaba sobre su pensamiento una percepción más profunda. Como su admirado Montesquieu -“el mayor genio que ha iluminado esta era”- creía en la influencia benéfica del cristianismo en el desarrollo de la civilización.

El historiador Ian MacBride señala refiriéndose a Burke: “Su novedad consistió en insistir en la contribución positiva del catolicismo a esa historia de progreso, incluso de aquellos aspectos del catolicismo que sus contemporáneos encontraban más aborrecibles.” MacBride llama la atención sobre una carta de Burke publicada, aparentemente sin su consentimiento, en que elogia la formación de los sacerdotes católicos: “De manera sorprendente, el tratado abordaba con simpatía cuestiones como el celibato del clero, la disciplina de los conventos y la independencia de la jerarquía católica, asuntos que los autores pro-católicos evitaban prudentemente como la peste.”

Incluso en su magnum opus, Reflexiones sobre la revolución en Francia, no sólo se encuentra una defensa del catolicismo, sino además de instituciones severamente cuestionadas como los monasterios. Siguiendo nuevamente a MacBride, el historiador de Oxford apunta: “No hay aspecto más extraño de las Reflexiones que su rechazo a las actitudes contemporáneas hacia el catolicismo”.

Refiriéndose a este asunto Burke señala: “No alcanzo a concebir cómo alguien puede llegar a semejante grado de presunción como para considerar a su país nada más que una carte blanche sobre la cual garabatear lo que le plazca.” Y continúa: “un verdadero político” debe considerar siempre “como puede sacar el máximo posible de la materia existente en su país”.

En otro pasaje de las Reflexiones embiste directamente a los philosphes por su crítica destructiva de la religión católica al comentar el vaciamiento que implicaban los nuevos juramentos republicanos para los soldados: “Espero que compendios prácticos de los excelentes sermones de Voltaire, d’Alembert, Diderot y Helvétius sobre la inmortalidad del alma, sobre una providencia particular y vigilante, y sobre un estado futuro de recompensas y castigos, sean enviados a los soldados junto con sus juramentos cívicos.” Como comenta Richard Bourke, para nuestro autor: “La destrucción sistemática de estos componentes de la fe cristiana había socavado los recursos morales que sostenían la civilización.”

Burke se mostró siempre amplio y tolerante hacia las distintas ramas de la fe cristina -no así con los ateos- y, en particular, con la católica, especialmente cuando ésta era la forma concreta que tomaba en una sociedad específica. Más aún, le reconocía muchas más virtudes de las habituales para los pensadores ilustrados de su tiempo y, podríamos agregar, del nuestro.

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