A esta altura de los acontecimientos no debería sorprender a nadie el anuncio del Ejecutivo de reducir los beneficios que estimulan la compra de vehículos eléctricos.
Por lo visto la única manera de equilibrar las cuentas públicas que conoce es aumentando impuestos (a pesar de que el Presidente de la República, una y otra vez prometió en la campaña electoral que no haría), y reduciendo beneficios en rubros como el que nos ocupa.
De más está decir que el problema crónico de Uruguay es el tamaño y la ineficiencia del aparato estatal. Aumentando la tributación sólo se garantiza que el problema se agrave.
Este anuncio del Ministerio de Economía es una mala señal porque socava los dos aspectos más importantes de este asunto. El primero es que vivimos en un país petróleo-dependiente. No producimos un solo barril de hidrocarburos ni gas natural, por lo tanto todo el combustible fósil que consumimos es importado, o sea son millones de dólares de divisas que todos loa años salen del país.
El destino principal de esas importaciones es movilizar el parque automotor, asegurando el correcto y fluido funcionamiento del transporte de personas y de cargas.
Si logramos transformar a gran escala ese sector a energía eléctrica, el país se liberará del gasto millonario de importaciones anuales de crudo, para suplirlo con energía eléctrica de producción nacional. La ganancia es indiscutible por dónde se la mire, y por lo tanto vale la pena todos los esfuerzos que se realicen con ese horizonte. Como si estos argumentos fueran pocos, al meollo del asunto se le suma lo que estamos padeciendo como consecuencia de los angustiantes vaivenes en el precio del crudo motivados por la conflagración entre EE.UU. e Irán. Seguiremos siendo rehenes de la fijación internacional de los precios del petróleo.
El segundo aspecto a considerar es que si redoblamos la apuesta en cambiar el parque automotor a eléctrico, seguimos dando pasos firmes en la dirección correcta, reduciendo al máximo la combustión de hidrocarburos que, como se sabe emite gases de efecto invernadero, contaminando el aire que respiramos y contribuyendo al calentamiento global.
Entonces, resulta inaceptable que al gobierno se le ocurra tomar medidas tan desacertadas como ésta, desestimulando el uso de vehículos eléctricos con el único fin de recaudar más dinero.
De ninguna manera es de recibo la justificación invocada por el Ministerio de Economía de que el mercado automotor eléctrico ya alcanzó la madurez suficiente como para requerir menos subsidios. Comete un claro error porque se precipita al tratar de acortar un proceso que desde luego lleva su tiempo consolidarse. Es la manera correcta y prudente si es que se quiere garantizar el mayor éxito posible del mismo.
Estamos experimentando una transformación de fondo, estructural en el país, ajustada a los nuevos parámetros que imponen los desafiantes tiempos que corren. Como todo cambio tiene sus costos, pero a todas luces éstos son superados ampliamente por los beneficios que promete. Hablamos de un proceso largo y sostenido que requiere del esfuerzo de todos, para el beneficio de todos.