Hay veces en que la cultura se entrevera con la política. La historia está llena de eventos de este tipo.
Muchas veces son la expresión silenciosa (o más difícil de reprimir) del sentir popular, de situaciones que son captadas por la sensibilidad del artista, o resultan en una manifestación espontánea de un estado de ánimo con el que se identifican muchos.
Antes que Goya pintara los fusilamientos que perpetraron los gabachos en mayo de 1808 era conocido por ser un cronista y pintor de corte. Después fue otro su talante. Dylan refería en sus primeras canciones muchas inequidades o situaciones de coyuntura, pero fue necesario que cambiara la guitarra acústica por la eléctrica en el festival de Newport para que se convirtiera verdaderamente en noticia lo que denunciaba.
Borges se dijo a sí mismo en “El Otro”: “Hubo otra guerra, casi entre los mismos antagonistas. Francia no tardó en capitular; Inglaterra y América libraron contra un dictador alemán, que se llamaba Hitler, la cíclica batalla de Waterloo. Buenos Aires, hacia 1946, engendró otro Rosas… Ahora, las cosas andan mal. Rusia está apoderándose del planeta; América, trabada por la superstición de la democracia, no se resuelve a ser un imperio. Cada día que pasa nuestro país es más provinciano. Más provinciano y más engreído, como si cerrara los ojos. No me sorprendería que la enseñanza del latín fuera reemplazada por la del guaraní”.
Su análisis fue crudo y real. Waterloo siempre ha sido una batalla recurrente, la ascensión de Perón en 1946 marcó un hito complicado en el devenir histórico de la Argentina, Rusia importaba sin pereza el horror socialista al mundo entero, América aún no solucionaba sus complejos de autopercepción que la inhibían de ocupar su lugar en el mapa, y el mundo enfilaba hacia el disparate woke sin saber que nombre llevaría. Borges lo predijo: el latín podría ser sustituido por el guaraní.
Julio Iglesias contribuyó como nadie -hasta ahora- a la internacionalización del español. Su carrera políglota e internacional brilló por su habilidad comercial en el entonces incipiente negocio de la música. Fue a todos lados del globo “presumiendo de ser español”. Y cuando le tocó, defendió a la entonces joven democracia española. Pagando muy cara la factura, en lo familiar, y en lo personal; véase cómo la dictadura progre de lo políticamente correcto pretende cancelarlo con infamias, por el hecho de haber sido un niño pijo de derechas hijo de un camisa vieja. En España las facturas pueden tardar 100 años en llegar… pero llegan.
El concierto de Bad Bunny en el Super Bowl pasará a la historia como uno de esos eventos culturales épicos. Difíciles de descifrar en el momento por su complejidad y el ruido que generan. Cuando nadie lo esperaba parece que Benito Antonio Martínez Ocasio puso al español y su cultura en otro nivel de difusión. Increíblemente y más allá del mensaje evidente de las letras, en su puesta en escena priman lo trascendente (sí, Dios), la patria, y la familia. Debí tirar más fotos sonó fuerte desde Arteixo a California. Animando a sus fan a disfrutar de los afectos, arengando al amor sobre el odio, y conminando a que América despierte y despliegue su potencial: el de un imperio de libertad.