El resultado de Brasil, ha conmovido a todo el continente. No es para menos, porque todo lo que allí pasa siempre termina “pegando” en los países del entorno. Desde la devaluación de 1999, a la corrupción del caso Odebrecht, pasando por la sobrevida política de Maduro... Si se siguen los hilos, todo termina siempre en alguna oficina de Planalto.
Pero en este caso, el verdadero milagro ocurrido con la remontada de Lula abre una serie enorme de interrogantes que van mucho más allá de las fronteras de Brasil.
La primera es elemental. Si descartamos las versiones de manipulación electoral (este autor suele desconfiar de las teorías conspirativas), lo de la sociedad brasileña es digno de estudio psiquiátrico. En apenas tres semanas pasó de votar el Congreso más a la derecha de su historia, a reelegir al Lula más radicalizado a la izquierda de su vida política reciente. ¿Cómo se explica?
Una decisión que tendrá consecuencias serias para los propios electores brasileños, y para los que vivimos cerca. Brasil tiene desafíos económicos mayúsculos, tal vez como no veía desde la crisis que provocó la caída de Dilma Rousseff. ¿Cómo va a hacer Lula para resolverlos, cuando no lo hizo en los últimos 4 años con un Congreso mucho más manejable?
Otro tema relevante que este resultado (y en especial todo lo ocurrido antes y después), ponen sobre la mesa es la mezcla explosiva entre justicia y política. Algo en lo que también Brasil fue pionero, pero que hoy ya es un flagelo que atraviesa a toda la región.
Para la gente “de izquierda”, la prueba de este problema debería haber sido que el juez y el fiscal que siguieron las causas contra el propio Lula apenas cambió el gobierno pasaron a ser figuras clave de la nueva gestión. Lejos de buscar cambiar eso, Lula y su partido profundizaron el asunto, poniendo en el Tribunal Supremo a figuras cuyo principal talento era su afiliación partidaria. Incluso al propio abogado de Lula.
¿Alguien sabe de un país serio en el mundo, donde uno de los principales candidatos haya sido intimado a entregar su pasaporte a horas de perder la elección?
Más insólito aun, el juez que lo ordena es el mismo que metió preso a su padre, y el que está implicado en un caso de corrupción que debió costarle la cabeza ya antes de las elecciones. Pero que el magistrado, apelando a su muñeca política, logró postergar hasta pasada la definición electoral.
Si el lector no conoce el caso, es impactante. No sólo el banquero protagonista del escándalo que deja a Conexión Ganadera como un cambio chico tenía a la mujer del juez empleada con un salario de unos 20 millones de dólares al año. Sino que hay mensajes entre el banquero y el juez, donde el primero le consulta si es el momento adecuado para escaparse del país.
Ese es el tipo que hoy decide sobre la vida y honra de los brasileños, sin nadie que lo pueda controlar. ¿Será que Lula va a hacer algo con este tema que tiene hartos a los brasileños, y que para muchos analistas es lo que explica el resultado de la primera vuelta?
Desde ya que en el resto del continente este uso venenoso del sistema de justicia ha sido replicado de forma generosa. Y el que crea que Uruguay está indemne se equivoca. Alcanza ver todo lo sucedido con la Fiscalía durante el período pasado. Allí hubo un jerarca que contrató a dedo a un “amigo”, que durante los siguientes dos años se dedicó a su vista y paciencia a operar con la información sensible que estaba bajo custodia de esa repartición. Y siempre para beneficiar al partido que, apenas ganó la elección, contrató a ese mismo jerarca para uno de sus cargos más relevantes.
Creer o reventar.
Debe ser la visita papal, pero sin darnos cuenta, esta columna ha estado infiltrada por varios conceptos religiosos. Y, casualmente, esta es casi la única explicación para el último fenómeno que vincula las elecciones en Brasil, con la realidad política del resto de la región.
Es que ver las reacciones de festejo de mucha gente que se autodefine como “de izquierda”, convertidos en verdaderas “groupies” de Lula da Silva, resulta casi inexplicable con criterios puramente racionales. Un señor que lleva más de 20 años siendo el dueño de la política de su país, período en el cual el mismo ha quedado notoriamente rezagado en cuestiones económicas y comerciales, que ha estado probadamente involucrado en masivos esquemas de corrupción multinacional, que ha defendido a todo tipo de dictadores desde Putin a Daniel Ortega, que ha tenido injerencia escandalosa en la interna política de todos sus vecinos, y cuya base electoral pasó de las elites profesionales (que hoy lo aborrecen) a la gente que depende de prebendas públicas para comer... Uno puede entender que para muchos brasileños, en una definición binaria, sea la opción menos mala. Pero... ¿tomarlo como emblema político? ¿Desde Uruguay?
Solo se explica en un acto fe.