Nada más frecuente que lamentar el estado actual del mundo inventariando matanzas, hambrunas, dictaduras y violaciones flagrantes al Derecho Internacional, con la ONU pareciéndose a la Liga de las Naciones cuando asomó la Segunda Guerra Mundial. Con múltiples descarriados al frente de gobiernos que siembran odio y muerte, vivimos una paz pervertida; y soterramos en al subconsciente colectivo una ristra de vergüenzas para la condición humana.
En nuestra comarca es fácil armar podcasts, memes y reels para maltratar al adversario. En su brevedad, esas nuevas herramientas permiten echar a correr verdades o mentiras, usando caricaturas y agravios -método que surgió hace más 2.500 años en el teatro griego de coturnos, que hace 50 años popularizaron los sketchs que reflejaban contextos nítidos y que ahora, sin conexión ni contornos, se ametrallan por las redes.
Pero no es cosa de entretenernos con esa hojarasca, ni aun siguiendo temas que sentimos importantes, como el final de la telenovela con el astillero Cardama o las esperanzas económicas del viaje presidencial a China.
Mientras esa temática domina la escena nacional en calma chicha, van multiplicándose las posturas despreciativas, los extremismos y los fanatismos.
Dirigidas contra las alternativas políticas y contra el Estado de Derecho, muchas incuban patéticamente lo contrario de lo que necesitamos para fortalecer la paz y la libertad
Adulando el interés, se ha montado una prédica sistemática contra la existencia misma del Estado, se muestra a toda acción social de reparto como un robo y se santifica mucho más la libertad de comercio que la libertad de pensamiento y la libertad a secas.
Se destila que todo impuesto es un robo y toda acción social con fondos públicos es un despojo, identificando a la vida política con una casta de vividores.
Nada de eso aporta nada bueno para la convivencia de la iniciativa privada con el Estado, tal como la constitucionalizó el Uruguay desde 1918 y tal como supervivió a las mutaciones partidarias habidas en el siglo largo que desde entonces corrió.
Mientras esto esparce fanatismo en reductos opositores, de a poco se siembra sutilmente fanatismo en la militancia gubernista, al no promoverse un debate de ideas con la profundidad que exigen las circunstancias nacionales y mundiales.
Y al habituar al país a callar la repugnancia visceral que, por encima de lemas, deberían provocarnos por unanimidad los regímenes de partido único, lo mismo en Cuba y Venezuela que en China por muchos negocios que se sueñen o se tengan apalabrados con ellos.
En definitiva, el alma liberal -que nunca se reducirá sólo a la economía- aparece llamada hoy a enfrentarse con fanatismos de distinto signo, cuya desgracia no es el signo sino el fanatismo en que están coincidiendo los extremismos.
La batalla a que estamos llamados hay que librarla en el mundo de los principios, los sentimientos y las ideas, para no tener que asumirla mañana en el trágico plano de los sufrimientos institucionales.
Hoy exige una sola valentía y un solo sacrificio: pensar sin ataduras.
Y en voz alta.