Danilo Arbilla
Danilo Arbilla

Él sí estuvo

Manso, como hamacándose, de risa fácil, sincera, alegre y contagiosa; con su voz ronca, acariciante y persuasiva, de buen recomendador y mejor amigo, Alberto Zumarán se fue. Murió hace unos días. Deberemos recordarlo siempre.

Su aspecto campechano y su actuar y espíritu tolerantes para nada mermaban su coraje y su firmeza en la defensa de la libertad, de la democracia y de su amado Partido Nacional.

“Porque los blancos somos así, que conste”, escribió un día como mera explicación de la intransigencia de su colectividad política en la defensa de sus principios.

Y Zumarán siempre estuvo firme. Fiel escudero y gallardo líder. Era de los que no aflojaban. Ni aflojó. De frente, sin dar tregua; desde La Democracia o desde la tribuna, en reuniones clandestinas o en foros abiertos.

Echaba para adelante. “Que nos cierren, que les cueste, que se muestren como dictadores, como lo que son y que lo vayan pagando, aunque sea en cuotas”, sostenía, palabras más palabras menos, en las reuniones de los “semanarios”, en aquellas épocas.

Una vez Raúl Sendic -esto ya lo he contado anteriormente- cuando era Director de Mate Amargo y yo Editor General de Búsqueda, me preguntó:

-Cuénteme, Danilo, cómo eran las cosas, cómo se vivía durante la dictadura, en la época en que nosotros estábamos presos.

Le sinteticé rápidamente, le hablé del Mundialito, del pelo corto, de las carreras universitarias sin interrupciones, de los sube y baja de la economía, de la tablita, del miedo, de la soberbia, de la historia oficial, de la censura, de los que aplaudían o de los que entonces callaban sin ninguna hesitación y hoy hablan hasta por los codos.

-Eso -me explicó- porque yo le pregunto a los compañeros y me cuentan que estaban luchando contra los militares y no se salen de ahí. Y me digo con tanta gente y tanta lucha ¿por qué no cayeron? Nos habían vencido. Era la realidad, como que también lo es que la gente tiene que ir viviendo.

Y este recuerdo se me hace cada vez más presente en estos momentos en que crecen y se multiplican los que se fueron perseguidos al exilio o los que alzaron la voz e hicieron oír sus protestas, críticas y su repudio. Incluso gente que ni había nacido.

Es como la final del 30 en el Centenario: todo el mundo estuvo, fueron como 600 mil personas.

Alberto Zumarán fue de los que sí estuvo y alzó la voz. ¡Si la habrá alzado!

En julio de 1983 la Sociedad Interamericana de Prensa reunió a sus Comités Ejecutivo y Consultivo en Montevideo, como una forma de potenciar sus continuas denuncias por la falta de libertad de prensa en el país.

Periodistas locales y dirigentes políticos fueron invitados a la sesión, que fue abierta, en los salones del Victoria Plaza, para que informaran sobre la situación imperante.

Uno de ellos fue Alberto Zumarán: desnudó la dictadura, señaló y condenó al régimen militar. Su voz fue estruendosa. “No quiero ser incendiario”, aclaró.

Por la noche hubo un cóctel. Zumarán, que estaba invitado, lógicamente no fue. Esa noche lo habían ido a buscar.

Es que les había prendido fuego la pradera.

El sí que estuvo. Y cómo. Que conste.

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