Daniel Ortega, el dictador explícito

Pudo quedar en la historia de su país y de Latinoamérica como un prócer, por su rol protagónico en la lucha contra la corrupta y brutal dictadura somocista. Pero eligió convertirse en un dictador tan corrupto como la dinastía que había derrotado en los campos de batalla. Peor aún: llevó su dictadura a la dimensión del absurdo más desopilante, pareciéndose a los personajes de García Márquez y otros cultores del realismo mágico.

Como no pudo contener los pataleos de su esposa reclamándole más poder del que le daba la vicepresidencia, entonces impuso una reforma del Estado creando un sistema de poder bi-presidencial. Desde entonces, copresiden Nicaragua Daniel Ortega y su extravagante esposa, Rosario Murillo. Y en estos días fue noticias porque verbalizó su deseo más profundo y evidente, al anunciar que ya no habrá más elecciones en ese país centroamericano.

Lo sorprendente no es que el dictador sandinista anunciara que los nicaragüenses no volverán a votar para conjurar el peligro de que la oposición pueda acceder al poder. Desde hace dos décadas se trata de un régimen abiertamente autoritario. La sorpresa es el descaro y el anacronismo de la medida.

Desde la recuperación de las democracias en Latinoamérica, las derivas autoritarias se canalizan a través del uso arbitrario del aparato estatal y de la competencia electoral en términos desiguales o, lisa y llanamente, el fraude. Pero quedaron en el pasado las dictaduras como las que tanto abundaron en el siglo 20 y en las que, con excepciones como la del paraguayo Alfredo Stroessner, los dictadores ni siquiera simulaban actos electorales.

En estos años la excepción de dictadura sin máscaras electorales era solamente Cuba. Nicolás Maduro hacía elecciones amañadas y con la cancha totalmente inclinada a su favor. No obstante, en la última elección su derrota frente a Edmundo González Urrutia fue tan amplia que ni siquiera pudo dibujar un escrutinio fraudulento, por lo que se proclamó vencedor sin mostrar jamás las actas electorales.

Ahora, implícitamente, Daniel Ortega se ha proclamado lo que lleva años siendo: el dictador de Nicaragua.

Su deriva autoritaria fue in crescendo. Comenzó en el 2005 cuando canceló las primarias de su partido, el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), porque todo indicaba que las perdería contra su camarada, el popularísimo alcalde de Managua Herty Lewites.

Las brutales represiones contra las masivas protestas del año 2018 fueron un avance decisivo en dirección del autoritarismo. Y en el 2021, la marcha hacia la dictadura se volvió irreversible con el encarcelamiento de casi medio centenar de dirigentes que denunciaban la corrupción y el autoritarismo de su gobierno.

Entre los encarcelados hubo figuras históricas de la guerra de guerrillas que derribó en 1979 la dictadura de la dinastía Somoza. Por ejemplo Dora Tellez, valerosa combatiente del FSLN que participó de la histórica toma del Palacio Nacional junto al Comandante Cero, Edén Pastora. También Hugo Torres, guerrillero que en 1974 tuvo un rol clave en la Operación Diciembre Victorioso, que liberó de una prisión somocista a líderes sandinistas, entre ellos el propio Daniel Ortega.

Tan abyecto llegó a ser que entre los privados de la libertad por criticarlo incluyó a su propio hermano, el general Humberto Ortega.

El paso siguiente fue encarcelar a cada figura de la disidencia que pudiera vencerlo en una elección. La primera fue Cristiana Chamorro, hija de Violeta Barrios, la mujer que lo derrotó en 1989. Tambiénencarceló a Félix Madariaga cuando las encuestas mostraban que lo vencería en las urnas. Lo mismo ocurrió a renglón seguido con Juan Sebastián Chamorro, Arturo Sequeira y otros dirigentes que lo habrían superado en votos en elecciones libres.

Ya en la dimensión de la dictadura pura y dura, el paso siguiente fue proclamar el absurdo régimen bicéfalo. Y como si algo faltara para que la dictadura fuese aún más explícita, Daniel Ortega dio públicamente por muerto al sistema electoral, anunciando que los nicaragüenses ya no volverán a votar.

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