Los nuevos rectores de ASSE argumentan que las escandalosas implicancias reveladas se deberían a que está arraigada una "cultura" que no distingue entre lo público y lo privado.
En los meandros-2018 del eterno conflicto de Enseñanza Secundaria, se dice y repite que en la educación se ha desarrollado una "cultura" de indisciplina y desinterés por aprender.
Comentarios de esa laya son demasiado generales. No todos los médicos alquilan ambulancias: la mayoría solo le vende a Salud Pública saber, trabajo, insomnios y su propia salud.
No todos los liceos son indisciplinados: muchos profesores sienten que "la clase es un templo para quien siente la enseñanza", como enseñaba con su ejemplo el poeta Roberto Ibáñez —Inspector y socialista, por más señas.
Por tanto, esos latiguillos generalizan mal. Y hacen algo peor y más dañino: bautizan como "cultura" a la sedimentación de costumbres indefendibles. Con ello, sepultan a la verdadera cultura, que no es acumulación de desgracias. Es, y debe ser, respuesta, valor, impulso, expresión del sentimiento y hambre de saber. Cultura es cultivo; y como tal, de ella se esperan frutos indispensables para alimentar el espíritu de cada persona y de cada nación.
Rebajarla a relevamiento apático de lo que va siendo, en vez de alzar la cultura como bandera y herramienta, es la mejor manera de adocenar y deprimir las profesiones, los oficios y las relaciones humanas.
El asunto parece teórico, pero tiene una enorme importancia práctica, ya que desde el Derecho a la salud y desde la arquitectura a la agroindustria, la cultura hace la diferencia. Por abandonar los esfuerzos del pensamiento —la búsqueda de fundamentos, el empuje hacia la doctrina—, por querer todo "light", el Uruguay encarna los sombríos pronósticos del vate Discépolo: "lo mismo un burro que un gran profesor", "los inmorales nos han igualao", "en un mismo lodo, todos manoseaos".
No es cuestión de opiniones. Son hechos. El domingo asesinaron a un empleado valiente en un Kinko de Pocitos. El miércoles en Progreso. Antes en Salto. Y en Minas. Y en cualquier esquina de Montevideo.
El delito se ha hecho cosa diaria. La crónica roja ya no subleva. Suena a inventario. Y la autoridad cree que la sublima, cuando —desde el "Observatorio Nacional sobre Violencia y Criminalidad"— mide en números helados las tragedias de carne, sangre y destinos que provoca la violación continua del deber estatal de garantizar la vida y la seguridad como manda el art. 7º de la Constitución de la República.
Ya sabemos que sociológicamente las costumbres organizadas de cualquier comunidad pueden llamarse "su" cultura.
Pero no debemos admitir que en nuestro lenguaje coloquial, se nos rebaje y reduzca el concepto elevado e inspirador de la cultura.
En definitiva, ella es la afirmación de la sensibilidad y el cultivo del pensamiento, modelando y dominando los datos de la naturaleza y las pulsiones de los instintos.
No es cosa, entonces, de que en el Uruguay le llamemos cultura a las degradaciones de la decadencia, aceptando resignados una cultura del delito, una cultura de la vagancia y una cultura de la drogadicción.
Agotada la experiencia con la guarangada, no confundamos más estornudar con discurrir.