Hebert Gatto
El viernes 28, interrogado en un noticiero televisivo, José Mujica no vaciló, ganaremos con los votos de los pobres -dijo-, mi intuición me lo indica. Respondía de este modo a una reciente encuesta de Equipos Mori, según la cual, en los estratos de más bajos ingresos, triunfa electoralmente el Partido Nacional. El dato, sorprendente por inesperado, tuvo necesariamente que causar consternación en filas frentistas dado que fue ese sector el más privilegiado por las políticas sociales del gobierno y donde, además, se sitúan gran parte de los votantes indecisos. De allí, la imperiosa necesidad para la izquierda de conseguir primar en esa población, cuantitativamente superior a un cuarto del total del electorado.
Por más que otras razones, mucho más personales, deben haber militado en el caso específico del candidato a presidente, para explicar su sorpresa y su énfasis en dar lucha en un campo que le es inesperadamente ingrato. Como anteriormente hemos comentado, Mujica ha hecho del populismo su estilo político y del pobrismo como contenido de sus mensajes el instrumento para autosituarse como representante del pueblo más desposeído.
La temática de sus discursos, los lugares que frecuenta, su lenguaje y su aspecto, son producto de ello, como si fuera entre marginados y carenciados, donde él logra manifestarse con mayor autenticidad. Mientras, consciente de sus debilidades, delega la tarea de dirigirse a las clases medias y altas, en Danilo Astori.
Las dificultades que encierra esta posición es doble. La primera y más obvia es que no resulta funcional que un político que se identifica con los comportamientos y valores de una cuarta parte de la población logre captar el apoyo electoral de la mayoría de ella.
Menos aun que si consiguiera triunfar la represente a toda. Es verdad que según la misma encuesta, la clase media continúa prefiriendo al Frente, pero ello no explica la notoria merma de adhesiones en relación a la elección anterior. La segunda objeción, Mujica la comparte (o la sufre), con gran parte de su coalición.
Como también hemos señalado, la izquierda ha migrado de un discurso con fines socialistas, a una aceptación de un capitalismo atenuado por la intervención estatal (Social Democracia), abandonando -por lo menos por ahora-, su objetivo revolucionario de superar la "explotación clasista" y con ella la pobreza social.
En tales condiciones -sin debilitar el modelo económico-, la única posibilidad con que cuenta para mejorar la suerte de los más postergados es a través de las políticas sociales. Pero es obvio que esta estrategia no diferencia a la izquierda de los partidos tradicionales, que de hecho adhieren a la misma receta.
Sin otros instrumentos, su único diferencial resulta el pobrismo -la exaltación e identificación emocional, con toques de caridad evangélica, con la cultura de los sumergidos y no ya su abrupta superación-, un campo donde Mujica es maestro indiscutido.
Promover la cumbia villera, implementar políticas sociales sin contrapartidas, vender debates entre candidatos por chapas y bloques, empobrecer el idioma, rescatar los cantegriles, penalizar el éxito, no evaluar la universidad, igualar hacia abajo, son manifestaciones de una subcultura política que subyace al candidato y al Frente en su conjunto, e impregna todas sus acciones.