El gobierno chavista ha venido procesando cambios estructurales muy importantes desde la caída de Maduro. Es imposible constatarlos sin reflexionar sobre el papel que juegan los valores y las convicciones en política.
Es evidente que falta muchísimo para normalizar Venezuela en un sentido democrático. Pero, por ejemplo, el legislativo de mayoría chavista recibió un proyecto de ley que cambió radicalmente la estructura de la explotación de hidrocarburos del país, derogando así una de las principales pautas económicas de Chávez. Fue un proyecto enviado por un ejecutivo de esencia chavista, que recibió y aceptó totalmente las directivas que sobre este asunto fijaron quienes están procesando la transición democrática desde Estados Unidos.
Algo así de profundo y radical fue aprobado pues en poco más de diez días por una nomenclatura dizque socialista bolivariana y que hasta hace un mes jamás había criticado nada de esto.
En pocos días Caracas retomó relaciones diplomáticas con Washington; permitió que dineros de exportaciones petroleras fuesen administrados por un poder extranjero; liberó (poquísimos) presos políticos; y mostró señales de querer procesar tan rápido como la ley de hidrocarburos, cambios legales que atañen a lo comercial, lo civil, lo penal y lo medioambiental, por ejemplo: es decir, aceptó cambiar radicalmente y en un sentido democrático y liberal toda la estructura legal sobre la que se basaba la dictadura chavista. De nuevo: a partir de una quirúrgica intervención para quitar a Maduro del medio y de una fuerte presión estadounidense, los mismos actores que hasta hace un mes gobernaban de una manera pasaron a promover políticas totalmente opuestas a las que pregonaron por años.
Para quienes creemos que la vida política tiene algo de noble ya que, incluso con la moderna lógica representativa, expresa cierto talante aristotélico de polis, de ciudadanía y de fraternidad igualitaria, constatar este cambio en Venezuela ha resultado una epifanía impar. Porque en definitiva se hizo evidente que en Chávez y su caterva no hubo, ni hay, ni habrá patriotismo sincero: es sólo esencia política- criminal para beneficio de una runfla de forajidos tan zurdos como groseros.
Para este grupo de delincuentes que es el chavismo lo único realmente relevante en todas estas décadas ha sido el saqueo del Estado y la utilización de las políticas públicas para fines de enriquecimientos personales y familiares a distintos niveles de todas las jerarquías públicas.
Su discurso político, que apela a convicciones sociales o que reivindica la justicia social, no ha sido más que un artefacto al uso como legitimador de todo aquello para beneficios privados y acciones corruptas. Ha estado simplemente al servicio dialéctico de una organización criminal. Es una mecánica, un exorcismo y un cuento de hadas que embaucan a las grandes mayorías populares que han querido siempre creer en algo - en el libro de Zanata, “El populismo jesuita: Perón, Fidel, Chávez, Bergoglio” están claras cuáles son las raíces ideológicas de todo esto en nuestro continente -.
La conclusión inequívoca da escozor: es imposible construir una patria común con estos políticos tan extendidos en los países de Sudamérica. Porque no son ciudadanos: son sólo despreciables delincuentes.