Cuba más allá de la dictadura

Desde hace 67 años Cuba ocupa un lugar central en el debate político. No es posible intercambiar nada útil con quien se niega a reconocer el carácter autoritario del régimen y su brutal represión. Pero quienes dicen solidarizarse con el “pueblo cubano”, aunque en realidad lo hacen con el régimen opresor, suelen rescatar una supuesta excepcionalidad en sus resultados sociales. La idea de que, más allá de la dictadura, existe un “modelo” digno de admiración ha sobrevivido con notable persistencia.

Sin embargo, esa narrativa viene siendo crecientemente cuestionada desde la academia. Un paper reciente de The Forsaken Road, de Pedro M. Bastos, Vincent Geloso y Tomasz Pavlik, aporta evidencia contundente para desmontar la supuesta superioridad del desempeño socioeconómico cubano tras la revolución de 1959.

El trabajo propone una pregunta simple: ¿realmente Cuba mejoró su trayectoria de desarrollo como consecuencia del régimen revolucionario? Para responderla, los autores reconstruyen la evolución de la economía y de indicadores sociales, comparando a Cuba con países que tenían niveles de ingreso similares antes de la revolución. La conclusión es clara. Cuba no solo no se despegó del grupo de países comparables, sino que, en muchos casos, tuvo un desempeño peor al que cabría esperar dada su posición inicial. El fondo del asunto es que no es cierto que Cuba fuera solo un burdel de apuestas y prostitución en 1959. “La revolución” sí derrocó una dictadura de 7 años, pero previo a ella había tenido un período democrático y todos los indicadores muestran muy nítidamente que Cuba era en 1959 un país muy por encima del promedio de América Latina. Cuba tenía un nivel de ingresos similar al de España o Portugal y una alfabetización, esperanza de vida, urbanización y cantidad de autos y electrodomésticos muy altas para la época.

¿Qué habría pasado sin el giro institucional de 1959? Utilizando técnicas de control sintético, los autores del paper muestran que una trayectoria alternativa, más alineada con economías comparables, habría generado niveles de ingreso significativamente mayores. Esto obliga a revisar con más rigor los supuestos “logros sociales” del régimen. Parte de esos avances ya estaban en curso antes de la revolución, impulsados por procesos de urbanización, expansión educativa y modernización sanitaria. Otra parte, directamente, responde a indicadores que deben ser leídos con cautela, dada la opacidad del sistema estadístico cubano.

Esto no implica desconocer desempeños puntuales destacables, ni ignorar el impacto de factores externos como el embargo estadounidense (al que se le cuantifica un impacto real pero muy menor en el resultado final). Pero sí obliga a poner las cosas en perspectiva: no estamos frente a un modelo exitoso empañado por una dictadura, sino ante un fracaso económico y social que se suma -y no se contrapone- a la falta de libertades.

Durante mucho tiempo, Cuba funcionó como una referencia simbólica. Hoy, ese espacio se achica. La discusión ya no es si se puede separar el juicio sobre el régimen político del análisis de sus resultados económicos y sociales. La evidencia sugiere que no hay nada que rescatar en uno para compensar lo otro.

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