Cuándo hablar y callar

Es el año 1944 y el “imperialismo norteamericano” (aliado a los imperios británico y soviético) está por derribar el régimen nazi. Con imaginación ficticia, supongamos que dirigentes del partido en el gobierno viajan a dar su solidaridad a los alemanes y su apoyo al régimen.

Van, saludan a Hitler y cuando vuelven explican a los periodistas que la realidad alemana es diferente a la uruguaya y por lo tanto su régimen es, a su modo, democrático.

La alegoría, si así puede llamarse, tiene su lado absurdo. A fines del 44 gobernaban los colorados, Uruguay (muy proaliado) había roto relaciones con Alemania y a comienzos del 45 le declaró la guerra. Aún así la imaginaria comparación tiene sentido: hoy, figuras relevantes del partido gobernante van a Cuba a apoyar a una dictadura totalitaria, como lo era la que lideró Hitler.

Impresionó el descaro con que Fernando Pereira y Ana Olivera defendieron su viaje ante los medios. Para ellos, lo de Cuba no es una dictadura. Pasaron por alto que hay hechos que definen una dictadura y esos hechos existen en Cuba. No es cuestión de opinión: es un régimen de un partido único con una ideología totalitaria, sin libertad de prensa, con presos políticos y violación de derechos humanos, donde la pluralidad de partidos es considerada una “pluriporquería”. El pueblo cubano no decide nada, acata tan solo.

Y no es con las recientes decisiones de Trump que Cuba suma tantos problemas. Apagones, desabastecimiento, deterioro y pobreza existen desde hace mucho tiempo.

Es verdad que Trump anunció su pronta caída. Lo deseable sería que una dictadura termine por las buenas, pero cuando eso no ocurre y el régimen insiste en quedarse mediante la represión, solo caerá con un estallido interno y con ayuda externa.

Ante cada cosa que sucede la izquierda se torna sensible y se apresura a reaccionar, Lo cual obliga al gobierno a ser cuidadoso en sus pronunciamientos oficiales.

Se apuraron en cuestionar el arresto de Nicolás Maduro, como también lo hicieron los que celebraron su caída. Lo cierto es que el chavismo sigue en el poder, ahora con Delcy Rodríguez, y Estados Unidos no muestra apuro para que vuelva la democracia.

Ante estos casos que sorprenden día a día, importa determinar cómo debería reaccionar la cancillería, ya sea con un gobierno de izquierda o uno de la Coalición.

El apoyo a Ucrania debe seguir: la guerra la empezó Rusia con el solo deseo de conquistar ese país. Europa no modificó su actitud, lo cual es lógico: siente el peligro muy cercano. Con Trump, la política estadounidense cambió para mal.

La guerra en Gaza con su dramático número de muertos nunca dejó de ser una guerra entre dos bandos (Israel y Hamás en Gaza), en un campo de batalla elegido por Hamás que jamás cesó de lanzar misiles a Israel, ni se ocupó de cuidar a su propia población y demoró en devolver a los rehenes. Lo sucedido fue horrible, pero el agresor fue Hamás y hablar de paz y reclamar la existencia de dos estados, será posible solo el día que Hamás sea derrotado o renuncie a su pretensión de borrar a Israel y a los judíos de la faz de la tierra.

Mientras tanto, una forma de predicar la paz se convirtió en simpatía con Hamás y aliento al antisemitismo. En este tema Uruguay tuvo una postura prudente y no extrema.

El régimen teocrático ultraderechista de Irán merece caer y dar lugar a un gobierno democrático, tolerante y abierto. Eso pareció buscar Trump con el bombardeo que mató al Ayatolá. Sin embargo, hay un nuevo Ayatolá, el régimen sigue, Irán contrataca y todos los días Trump ofrece una opinión diferente.

Ante tantos mensajes contradictorios, lo sensato es guardar silencio y esperar.

Ni siquiera Europa sabe cómo reaccionar. Está desconcertada y fastidiada. La OTAN no será lo mismo y la manera que tienen los europeos de entenderse, tampoco.

Tanto en Europa como en España Pedro Sánchez perdió prestigio, ya sea por sus alianzas con grupos ultra como Podemos, Sumar o los nacionalistas vascos y catalanes, ya sea por los casos de corrupción. Ahora pretende ser el referente internacional de la disminuida izquierda hispanoparlante y convocó a una cumbre. El presidente Orsi quiere ir. No entiende que los ejes de este mundo cambiante ya no pasan por ahí. Ir es perder tiempo. La diplomacia uruguaya tiene que ser más autónoma y reaccionar solo cuando un claro interés la provoca: negociar con China sí, porque es un buen cliente, sin por eso mostrar simpatía hacia su régimen; insistir con el acuerdo con la Unión Europa y también dejar de lado una visión que divide al mundo entre progresistas y derechistas; el corte pasa por otro lado y hasta la fecha nadie sabe por dónde.

Esto de alinearse con todo lo que Brasil dice no sirve. Lula al igual que Milei, hacen su juego que les saldrá bien o no, pero nada tiene que ver con Uruguay.

Mientras tanto, autonomía y prudencia, saber cuándo es mejor callar y aceptar que justamente porque nadie entiende las reglas de este nuevo mundo (si las hay), menos lo hará Uruguay.

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