Como se sabe, es un asunto de alta prioridad la conservación de los sitios más representativos y valiosos de la diversidad biológica nacional. Porque contienen toda la magnificencia de ese patrimonio, que ha logrado permanecer hasta nuestros días en condiciones muy relevantes. Estos lugares son responsables de la salud y el equilibrio natural que mejora nuestro entorno para vivir y prosperar en una tierra generosa y proficua, por sus aportes en bienes y servicios ambientales.
Mucha agua ha pasado bajo el puente, porque habitamos un país formado básicamente por una extendida pradera, dominada por los pastizales, que durante los últimos dos siglos ha sido muy modificada por los seres humanos.
A pesar de ello podemos sentirnos orgullosos de tener el Sistema Nacional de Áreas Protegidas como testimonio inequívoco de la valoración social de muchas áreas y sitios, que han sobrevivido a cambios y modificaciones drásticas en sus estructuras biofísicas y funcionamientos ecosistémicos, conservando elevados valores ambientales.
La semana pasada el Poder Ejecutivo aprobó el decreto Nº 56/026 que amplió la superficie del Parque Nacional Esteros de Farrapos e Islas del Río Uruguay. Le sumó 5.141 hectáreas a la protección que implica esa categoría de conservación, totalizando una superficie de 21.565 hectáreas.
El hecho ocurre como resultado de una encomiable acción de parte de la sociedad civil que merece ser divulgada, y recibir el mayor destaque. Como se sabe hace unos pocos años se produjo una donación de islas del río Uruguay al Estado, las que ahora fueron sumadas a las ya incluidas en los decretos vinculados a la creación y ampliación de este parque nacional del litoral (Nº 579/008 y 343/015).
Con la decisión oficial de incorporar esas islas al SNAP -habiéndose realizados los procedimientos y pasos establecidos por la normativa vigente y que concluyeron exitosamente- el parque nacional Farrapos hoy cuenta con 35 islas protegidas.
Es un sistema de humedales fluviales, con islas e islotes que se inundan en forma permanente y también temporaria, a consecuencia de las crecidas del río Uruguay.
El parque nacional incluye además pantanos, un valioso monte indígena ribereño, algarrobales (monte de parque), importantes extensiones de matorrales, blanqueadas asociadas y campo natural, que permiten prosperar a una gran diversidad faunística, en especial aves. Su singularidad es tal que, como se recordará, se trata de un área donde se comprobó la existencia de una especie muy escasa en el país: el aguará guazú -zorro de gran porte y belleza.
Desde luego en toda su extensión están prohibidas aquellas acciones que puedan alterar o comprometer la estructura de sus ecosistemas como la urbanización, forestación, explotaciones agropecuarias, minería, caza, vertido de residuos, realizar cualquier tipo de construcciones, introducción de especies exóticas y de mascotas, producción de ruidos, encender fuego.
Ahora sigue actualizar el plan de manejo del área, y mejorar considerablemente el control de la misma disponiendo del personal idóneo necesario y de la infraestructura adecuada para cumplir con lo mandatado.
Disponer de excelentes áreas protegidas tiene que materializarse en acciones permanentes de conservación in situ, que justifiquen las buenas intenciones escritas en los papeles; algo muy difícil de lograr si no se cuenta con comunidades locales muy proactivas en la misma dirección.