Claudio Fantini
Claudio Fantini

El pecado estructural

Ya no es posible tapar el sol con las manos. La perversión sexual con niños no es una suma de accidentes en la iglesia católica. Es su pecado estructural.

Si el estado norteamericano de Pensilvania aportó una investigación de 1356 páginas, probando que trescientos sacerdotes abusaron sexualmente de miles de niños durante muchas décadas, lo que queda a la vista no es un problema de Pensilvania ni de Estados Unidos, sino de la iglesia católica.

El goteo que comenzó en Massachusetts con la investigación periodística del diario The Boston Globe revelando que al menos dos centenares de curas violaron a miles de niños durante largas décadas, pronto se convirtió en río torrencial que sobrepasó la muralla de silencio que durante muchos siglos el clero logró mantener en pie.

Casos similares al destapado en Boston quedaron a la vista en Milwau- kee, Nueva York, Los Angeles, Chicago y muchas ciudades más.

Paralelamente, el mundo descubría estupefacto las perversiones del mimado mexicano de Juan Pablo II y líder de la poderosa organización Legionarios de Cristo, Marcial Maciel. Y a la lista se agregaban en cascada escándalos en Austria, Alemania, Irlanda, Italia, España, Australia, India, Kenia, Chile y muchos más, entre los cuales están los escabrosos casos de Chile que le arruinaron la visita pastoral al papa Francisco.

Ya no es posible seguir sosteniendo que se trata de hechos accidentales o incidentales. Es un problema estructural. No de-be sorprender la pedofilia en gran escala dentro de una estructura que posee escuelas y orfanatos a cargo de personas con una vida sexual no natural. Esas personas eran percibidas por los niños que tenían a su alcance y por las familias de ellos como situadas en un plano superior, debido a una supuesta relación institucional con Dios.

A eso se suma la protección brindada por una jerarquía que durante siglos, y hasta la actualidad, respondía a quienes se atrevían a denunciar abusos sexuales y violaciones disponiendo cambios de parroquias o traslados a otras diócesis, en lugar de entregar los pervertidos a la justicia para que sean juzgados y sancionados por sus depravaciones.

Semejante realidad atrae a los pedófilos, deseosos de tener a su alcance niños, poder sobre esos niños y una institución dispuesta a encubrirlos y mantenerlos fuera del alcance de la ley.

En las últimas décadas antes de que se agrietara la muralla de impunidad, la estructura de perversión sexual contra menores que encubrió el cardenal Bernard Law en Boston, contaba con un instrumento más para mantener en pie el muro de silencio: casi 20 mil dólares de indemnización pa-ra las víctimas, a cambio de firmar un acuerdo de confidencialidad.

Es el pecado estructural de la iglesia. Y existirá hasta que se modifique en profundidad la estructura institucional que lo genera.

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