Civilización o barbarie

FRANCISCO FAIG

La lectura de la realidad política a través de la dicotomía civilización o barbarie ha acompañado el crecimiento del Río de la Plata al menos desde su formulación por Sarmiento en 1845. A pocas semanas de las elecciones, el dilema vuelve a cobrar validez en Uruguay, esta vez desde la perspectiva de la vigencia de los valores democráticos. Está la tentación conservadora de atribuir una dimensión bárbara a la candidatura de Mujica, por considerarlo el representante de las clases populares en un contexto de fractura social. Nada más alejado de la realidad.

Nada permite sostener que Mujica sea el "candidato de los pobres", a pesar de su recurrente prédica en este sentido. Todos los partidos han demostrado obtener apoyos en todas las clases sociales, reafirmando sus condiciones electorales de partidos "catch all" (atrápalo todo). El Interior periférico y relegado vota mayoritariamente a blancos y colorados; tradicionales barrios obreros votan al Frente Amplio. El dilema entre civilización y barbarie no es pues sociológico.

El asunto es más grave y distinto. Refiere a una dimensión estrictamente política.

En la amplia variedad de candidaturas y sectores partidarios, Mujica ha optado por situarse afuera del civilizado espectro democrático del país. No es una decisión reciente. Su movimiento político así lo definió ya en la década del sesenta: la "democracia burguesa y formal" debía ser sepultada luego de una revolución de tipo socialista inspirada en la experiencia cubana. Pero es una decisión de consecuencias fundamentales en función de su actual candidatura.

Denostar la calidad y pertinencia de la Justicia nacional; reinterpretar antojadizamente la Historia reciente exculpando de responsabilidades al movimiento guerrillero; sembrar dudas sobre la vigencia futura del ordenamiento constitucional de base liberal; jugar con la independencia nacional al alinearse servilmente con el poder peronista de turno; dividir el país entre un nosotros (formado por izquierdistas-buenos) y un ellos (integrado por blancos y colorados-malos) en función de una categorización moral excluyente; y evitar críticas a regímenes -como el cubano o el venezolano- que violan garantías elementales, son todas dimensiones que rompen con el acuerdo democrático fundacional del país. Es reivindicar la barbarie contra la construcción de la civilización enraizada en los tiempos de la Patria Vieja.

En esta lectura de la coyuntura nacional, la civilización significa adherir a un orden político tradicional del país. Con una Justicia independiente; interpretaciones históricas del pasado variadas pero respetuosas de los hechos verificados; con la aceptación de las bases políticas que desde 1830 garantizan el orden social y la libertad al individuo; con el convencimiento de un destino nacional propio e independiente de los avatares de nuestros vecinos; con la aceptación del relativismo consustancial a la modernidad en las distintas opiniones, sin que ello importe una diferencia de naturaleza moral entre los actores políticos; y con la certeza de que el mejor sistema de gobierno es el democrático representativo y liberal.

La elección no será entonces entre distintas propuestas que difieran en la combinación de capitalismo, democracia y bienestar que requiera el país. Será entre avanzar en la marcha de la civilización, o tomar el camino de la barbarie.

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