La Semana Santa dejó, como de costumbre, algunos debates curiosos en nuestra ramplona agenda pública. En particular, presenciamos varios ataques a la religión, especialmente concentrados en la Iglesia católica, con aires de superioridad intelectual con olor a naftalina.
La sociedad uruguaya malconvive con la espiritualidad. Es un problema que arrastramos desde hace más de un siglo. Muchos se enorgullecen de que seamos uno de los países más ateos del mundo y de que una de las bases de la civilización Occidental sea muy endeble por estas tierras. Sin embargo, eso tiene un claro correlato en muchos flagelos acuciantes como la tasa de suicidios más alta del continente con condiciones de vida materiales sustancialmente superiores a la gran mayoría de los restantes países.
Nos mostramos orgullosos de una verdadera calamidad que parte de una brutal incomprensión sobre la naturaleza humana: al despreciar el componente espiritual de la vida estamos cercenando buena parte de lo que somos, aunque lo queramos ignorar, con enormes costos para cada persona y para la sociedad en su conjunto.
La búsqueda de Dios y las preguntas que nos plantea a cada uno de nosotros no sólo no desaparece con el paso del tiempo y el avance científico, cada vez se hace más presente y necesaria. Es cierto que en Uruguay todo llega más tarde que en el resto del orbe, pero hace ya tiempo que el mundo científico se abre la posibilidad de un creador del universo como una posibilidad cierta, dejando en off-side a quienes desprecian a los creyentes desde una posición pedante de pretendida avant-garde.
Al respecto existe un fenómeno por demás interesante. Mientras los anticlericales vernáculos recurren cada vez más a la vocinglería de los ataques agresivos las personas de fe recurren a la razón y a los argumentos lógicos. Por cierto que la fe es un don que no se fundamenta en argumentos científicos, pero también es claro que cuanto más sabemos sobre ciencia más razonable resulta tener fe. Este debate termina cumpliendo la premisa de que quien ataca blandiendo un resentimiento brutal como principal espada suele estar equivocado.
Nuestro debate sobre asuntos religiosos está muy atrasado, como en tantos otros temas, probablemente en parte porque el sesgo de confirmación de los anticlericales les impida conocer lo que piensan muchos ilustres hombres de ciencia.
Paul Dirac, premio Nobel de física escribió que “Dios es un matemático de primer orden, y utilizó matemáticas muy avanzadas para construir el universo”. El premio Nobel de medicina Werner Arber afirmó: “La posibilidad de un Creador, de Dios, representa para mi una solución satisfactoria”. Francis Crick, codescubridor del ADN y premio Nobel de medicina sostiene: “Un hombre honesto armado de todo el saber que está hoy a nuestro alcance debería afirmar que el origen de la vida parece ser una especie de milagro, pues tantas son las condiciones que hay que reunir para ponerla en pie”
Estas reflexiones y muchas más de cada vez más científicos no pretenden demostrar la existencia de Dios, que es un acto de fe, pero sí un aspecto muy importante: la ciencia y la razón cada vez son más compatibles con la fe. Y quienes se dedican a fomentar la intolerancia religiosa dogmáticamente incurren por tanto en una opinión cientificista lejana a la actitud científica que implica la apertura a nuevos conocimientos y evidencia.