Hay una metáfora para describir la política del país que es la del agua tibia. De un bloque se lanza agua caliente y del otro bloque se envía agua fría, y como todo es una penillanura suavemente ondulada, el final de la historia es la formación de un estanco de agua tibia, sin grandes olas y que pasa épocas de matices algo más fríos y otros más calientes.
No es que me guste esa metáfora. Es sólo una constatación. Está bendecida por dos ademanes. El primero es la evidencia de que las elecciones se ganan conquistando el centro del electorado. Ese centro está hecho de clases medias urbanas y conservadoras que de ninguna manera quieren cambios que arriesguen lo que ya Real de Azúa hace casi medio siglo definió como “sus muchos, pequeños y arrebañados privilegios”.
El segundo es la íntima, compartida y amplia satisfacción por el rumbo del país: fríos y calientes están convencidos de que somos los mejores de la vuelta y que seguiremos mejorando poquito a poco. Es aquello, increíble, que dijo la quintaesencia del politólogo que funge de moderado sobre Uruguay: un “lugar amable” para vivir. O los que se enorgullecen de nuestra calidad democrática porque aquí la sangre nunca llega al río. Es decir, se menta lo superficial del modo y de las formas, y se evita analizar lo malo del fondo de muchas de nuestras políticas públicas.
Lo de las AFAP contradice, empero, al país del agua tibia. Con respecto a ciertos blancos y colorados que incluso en plena campaña de 2024 decían que no iba a pasar nada grave si ganaba el Frente Amplio (FA), muestra que son el mismísimo monumento a Bambi. Con respecto a aquellos socialdemócratas de siempre, que votaron al FA y además se pronunciaron contra la reforma constitucional sobre la seguridad social en 2024, los muestra como lo que realmente siempre han sido desde el tiempo de Terra y el de Batalla hasta el actual de Oddone, pasando por el de Astori: culposas y serviciales ruedas de auxilio al andar de la agenda más radical del FA.
En el largo plazo nuestra agua estancada tiene una inclinación innegable. Va ganando la desconfianza en la economía de mercado, el corporativismo extendido y el estatismo pujante, en desmedro de la mayor competencia, la facilidad para emprender y la libertad económica en general. Hace veinte años un congreso de educación corporativo generaba críticas y molestias; hoy se acepta casi sin problemas. Hace treinta años las Afaps podían resistir el embate más zurdo; hoy las veremos caer entre medio de quejas opositoras sin fuerza. Y la agenda social más izquierdista va asentándose como lo más normal para el sentido común ciudadano.
El estanco de agua tibia se va corriendo hacia el populismo zurdo. En 2011 el FA fue contra dos pronunciamientos populares, de 1989 y de 2009, y derogó la ley de caducidad. No pasó nada. Ahora, va contra el plebiscito de 2024. No pasará nada. Es que los uruguayos ya idearon su válvula de escape legitimada y discreta: el exilio económico y social de decenas de miles que ya lleva lustros. Los que quedan, relativamente cada vez más viejos y peor educados, se aferrarán a lo que puedan en el afán de zafar de un estanco cada vez más incómodo y turbio.
Y sí: creer en Uruguay como un “lugar amable” donde “no pasa nada” siempre fue, obviamente, una gran estupidez.