LEONARDO GUZMÁN
Por segunda vez, Montevideo es Capital Iberoamericana de la Cultura.
Además de los festejos que ya comienzan, la distinción nos obliga a preguntarnos a fondo qué entendemos por cultura y a respondernos de qué índole es la cultura que no sólo simbólicamente aceptamos encabezar.
La realidad es que hemos entrado al siglo XXI oyendo la voz "cultura" a troche y moche, pero muchas veces usada con un sentido que la torna irreconocible.
Desde hace décadas, se acuñó la idea de que cultura es el conjunto de creencias, costumbres y reglas de un pueblo o un grupo social en determinada época. A partir de esa definición, tanto la Unesco como los extremistas de la diversidad defienden como "identidad cultural" brutalidades como correr un toro calle abajo, ridiculeces como imponer velo obligatorio a la mujer o atrocidades como sentenciar a morir apedreada la mujer infiel o rebanarles los dedos a los ladrones. Interpretando la cultura como conjunto de costumbres, todo eso cabe; y cabe, claro que sí, que haya indiferentes o resignados que pasan lista a esas rémoras con cara de "bueno ¿y qué?".
Si por cultura se entiende lo predominante y si lo predominante se maneja sin referencia a valores humanos universales, resulta bendecida la importación de palabras soeces en programas de TV que -como el del tal Fort- pasan de lo biodegradable a la video-degradación. Entonces hasta parece lógico desvanecer la autoridad del despacho de la Intendente de Montevideo para un bailongo de cuarta presidido por el retrato de Artigas. Y deja de repugnar la oficialización de las palabrotas retrete con que -dolorosamente: ejemplo no único- perfumó el Presidente Mujica sus declaraciones findeañeras a Brecha. Pero ¿es con esa laya de cultura que nuestra capital se yergue en portaestandarte iberoamericano? ¡No y mil veces no!
Cultura es el ato de conocimientos que nos apoyan en valores, nos alimentan el pensar, nos sostienen las convicciones, nos liman las opiniones y nos fortalecen para elevarnos por encima de LO QUE ES y gestar, desde nosotros, LO QUE DEBE SER.
Ese concepto de la cultura es anterior a la era cristiana. Para recobrarlo no hace falta repasar la montaña de libros que lo hicieron crecer desde que Cicerón en su Tusculanae Disputationes -escritas desgarrado por la muerte de su hija- habló por primera vez de una "cultura animi" o cultivo del alma, aplicando la metáfora del humus al espíritu que reflexiona sobre la desgracia. Pero no es cosa de acumular citas sobre un tema que no tiene fronteras, donde siempre cabe evocar diez autores más. Es cuestión de saber que la cultura no es lo que uno recuerda sino -parafraseando a Ortega y Gasset- el conjunto de intuiciones, ideas y sentimientos a partir de los cuales uno vive. Cultura es "el libro aquel que te acompaña desde tu niñez", como supo cantar Mario Clavell, pero también cultura es el refrán rústico que nos guía y la voz de los maestros refinados que se empeñaron en construirnos por dentro el altar laico de nuestra libertad creadora.
Nuestra cultura no debe, pues, ahogarse en la descripción de costumbres sino alzarse como respuesta.
En eso debemos concordar por encima de banderas, porque es previo a las polémicas sobre grados de capitalismo o socialismo.
Y porque tiene mucho que ver con el sistema democrático-republicano, que se vacía y traiciona cuando lo secuestra la incultura.