Candidatos y presidentes

Es un lugar común decir que en esta elección está faltando un Lacalle Pou para hacerla más vibrante. Con ese razonamiento, a quien se pretende quitarle talla es a Álvaro Delgado en particular pero también a los demás candidatos. Ninguno genera pasión y mística, pero eso nada tiene que ver con si les falta o sobra méritos para gobernar. Son raras las veces que surgen candidatos con el carisma y presencia de Lacalle Pou, capaces además de convertirse en presidentes resolutivos, con empuje y liderazgo. Habrá quien argumente que José Mujica fue un extraordinario candidato dada su popularidad. Candidato tal vez, pero fue un pésimo presidente, quizás el peor desde 1985. Popular e incluso querido, hábil en el forcejeo político, no lideró ni mostró capacidad para gestionar un país.

Esta reflexión viene a cuento para una campaña que es muy diferente a la de 2019. Ahora no importa lo seductor que pueda ser un candidato, sino su capacidad para gobernar una vez elegido. Importa ir más allá del candidato y visualizar al presidente que será. A diferencia de la vez anterior, hoy la Coalición Republicana se presenta consolidada. No es tan estructurada como el Frente Amplio (en definitiva, también una coalición), pero existe y todos los candidatos que la integran se comprometieron a mantenerla.

Eso le ofrece flexibilidad al votante. No se siente obligado a votar a un partido en particular porque si ese no gana, se echa todo a perder. Puede darle espacio a otros sectores sabiendo que en la segunda vuelta van todos juntos. Lo cual, claro, obliga a los respectivos candidatos a marcar su perfil con más seriedad.

Es diferente la realidad frentista. Diferente a la del oficialismo y también diferente al Frente que gobernó por tres períodos. Tiene su candidato, pero a estar por sus declaraciones se lo ve muy condicionado por lo que opinen ciertos sectores, como si ellos fueran sus jefes y él apenas un ejecutor de sus órdenes. El problema es que las órdenes vienen cruzadas: unos apoyan a Maduro otros son moderadamente críticos. Unos están con el plebiscito del Pit-Cnt, otros están en contra.

Eso hace que el candidato, Yamandú Orsi, parezca débil y sin peso propio. Todo indica que lo de Maduro no le gusta, pero no lo expresa en forma rotunda. Lo mismo sucede con el plebiscito. Se sabe que está en contra, pero no ofrece sus argumentos porque según él mismo explicó, al ser el candidato de una fuerza política que tiene enormes contradicciones debe ser cuidadoso para no desequilibrar las cosas. Como estrategia para navegar entre dos aguas, puede resultar interesante. Pero si ejerce la presidencia con tanta “neutralidad”, no llegará muy lejos.

Para el caso de la coalición, los candidatos al menos coinciden en esos dos temas: la reforma jubilatoria y denunciar la situación en Venezuela.

Difieren sus estilos. Resulta más confuso Guido Manini porque su partido lo es: por lo general populista, a veces proteccionista, otras conservador, en brevísimos momentos liberal. Pablo Mieres tiene un discurso preciso. Concilia bien la identidad de su partido con su lealtad a la coalición. Lo respalda su trayectoria como ministro.

Desafiado a hacerse conocer mejor y convencer a quienes todavía ven a los colorados con distancia, Andrés Ojeda es el candidato con más facilidad para comunicar sus ideas. Por momentos, le encandila la posibilidad de ser él quien vaya a la segunda vuelta. También Ernesto Talvi creyó que eso era posible en 2019 y al final su partido mantuvo la misma baja votación de las veces anteriores. Aún así, Ojeda es un candidato con condiciones para sacudir a su partido, renovarlo y ampliar significativamente su electorado.

Incansable en sus giras por el país, Álvaro Delgado sigue siendo el candidato de la Coalición que, según las encuestas, corre adelante aunque no con los porcentajes de la pasada elección (es verdad que no es lo mismo una encuesta que votos bien contados). Tiene un programa con objetivos definidos y un fuerte punto a favor: su valiosa gestión en el gobierno de Lacalle Pou. Sabe cuándo negociar y sabe cuándo definir. Es evidente que no tiene el atractivo de Lacalle. Pero lo que el país está votando este año, en un escenario diferente, es un nuevo presidente, no un caudillo. Lo que importa es si Delgado tiene condiciones para gobernar. Y las tiene.

El desafío entonces es que en una campaña sin figuras fulgurantes, el mejor candidato no será tanto el que sabe seducir, sino el que convenza que está capacitado para tomar decisiones, administrar, manejar y proyectar al país. Es obvio que quien gane, al integrar una u otra coalición, tendrá que negociar, escuchar, a veces conceder y otras veces imponerse. Pero al final de la jornada, es el presidente quien define y si ya, en plena campaña, evita pronunciarse sobre temas claves porque teme contradecir a quien en realidad manda, a quien es un jefe por encima de él, las perspectivas para demostrar que será un buen presidente se diluyen.

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