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Calidad institucional

El presidente Kirchner desde que asumió el mando de la Argentina ha reiterado un concepto de real importancia. Una y otra vez se ha referido a la "calidad institucional" queriendo expresar en el mismo la necesidad de elevar el nivel de la respuesta democrática.

Sus primeras medidas pasaron por el relevo de las cúpulas militares, su presencia en la resolución de conflictos gremiales que tenían larga data, la ofensiva contra una Corte Suprema depositaria de la desconfianza más absoluta, la negativa a negociar con las corporaciones y la decisión de enfrentar el enquistamiento de éstas en las obras sociales, y en estos días su firme disposición a investigar los atentados contra la colectividad judía. Todos han sido pasos consistentes con el propósito enunciado. Los temas concretos son de los argentinos pero nos es común la necesidad de mejorar la "calidad institucional".

Desde las expectativas ilimitadas que los uruguayos teníamos previo a la recuperación democrática, soñando con que el sólo hecho del advenimiento de la libertad solucionaría los complejos problemas sociales, hasta la desesperanza, también sin límites, que anima hoy el alma de nuestra gente hay una gran distancia. La primera fue, si se quiere, una reacción instintiva, era el deseo mágico de que la reconstrucción democrática por sí sola daría las respuestas que la opresión era incapaz de encontrar. La segunda, el desánimo actual, tiene muchas causas pero hay una de ellas que se vincula a la pobre calidad institucional que padecemos.

No es un tema teórico, es la forma de rehacer el vínculo, hoy casi inexistente, entre el ciudadano, sus demandas y quienes ejercen el poder que éste delegó.

Las soluciones están en nuestras manos y antes que nadie en las manos de quienes deberán ejercer la ciudadanía en las instancias electorales, cuatro, que se desarrollarán a partir de junio próximo. El elector deberá optar y hacer esto es apoyar y al mismo tiempo descartar. ¿De qué sirve quejarse más tarde de la pobre representatividad democrática de quienes ejercen el poder, de su divorcio con el ciudadano común si se administra mal el premio y el castigo que significa el voto? Hay que utilizar con certeza la elección para agregar calidad institucional, es el primer gesto para ello. Las instancias que sobrevendrán, luego de la catástrofe que se vivió en Uruguay, podrán parir una nueva generación de liderazgos. Podrán y solo lo harán si se enfrenta la mayor demanda popular que no es tangible sino de valores y es concebir la actividad pública diciendo la verdad y no traficando con las necesidades y esperanzas de la gente. Es arriesgarse a decir las cosas que muchos expresan en voz baja pero que pronunciarlas acarrea costos políticos. Es pelear contra lo "políticamente incorrecto", que muchas veces es lo adecuado aunque desnudar realidades suele ser doloroso. El tema está en animarse a encarar así la actividad política, con honestidad intelectual, que no suele ser de la que más se habla aunque su carencia sea tan deleznable como la otra. Quedarse con los dineros públicos es igual que quedarse con la esperanza de la gente, que es también su patrimonio. Pero en definitiva tolerar esto o no depende de nosotros como ciudadanos en el preciso instante que elegimos en un cuarto secreto.

En suma, agregar calidad institucional es una tarea que nos involucra y que nos previene de aquellos que escondidos en la impunidad que brindan las democracias devaluadas se aprovechan de las mismas y son los primeros en arrebatarnos la libertad.

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