En junio de 2005, el semiólogo y novelista Umberto Eco declaró al diario La Stampa: “Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que antes lo hacían solo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Ellos eran silenciados rápidamente y ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los idiotas”.
El comentario de Eco, elitista al establecer quiénes tienen derecho a opinar y quiénes no, no deja de ser en el fondo una verdad de a puño, como rezaba un dicho popular muy antiguo. ¿Gracias a las redes nos han invadido los idiotas? Sin llegar a un agrupamiento tan homogéneo como postulaba Eco, se puede afirmar que lo que ha promovido la masificación de las redes es una acelerada banalización de la realidad -fenómeno comenzado en la posmodernidad- y el empobrecimiento del discurso y, por tanto, el avance de la ignorancia.
Según ha declarado Mark Zuckerberg, magnate de las redes, Facebook es ya el tercer país más grande del mundo, si consideramos su población, por lo que es capaz de mover más información que cualquier gobierno. No obstante ufanarse por ello, en una audiencia frente a miembros del Senado estadounidense, Zuckerberg le pidió perdón a los padres presentes en la sala por el efecto que las redes sociales han tenido en la salud mental de sus hijos; también estaban los directivos de Tiktok, Twitter (X), Snapchat y Discord.
A esa comprobación terrible sobre las redes, admitida por sus creadores, hay que sumarle lo que ha dicho el cautivo más famoso, en sentido literario y material, Julian Assange, más inquietante aún: “Todos deberían comprender que cuando agregan a sus amigos a Facebook, están trabajando gratis para las agencias de inteligencia de los Estados Unidos construyéndoles esta base de datos.”
Obviamente, la anterior es una apreciación macro. Yendo a los contenidos, cualquiera que ingrese y opere en las redes puede comprobar la diversidad de temas y mensajes que estas ventilan y el grado de superficialidad con que los tratan. También se manifiesta la agresividad de ciertos mensajes y la impune simplificación que cualquier tema padece cuando el objetivo es denostar o descalificar al que piensa diferente. Sin dudas la más candente en ese aspecto es la ex Twitter, denominada ahora X y controlada por el impredecible y perturbador Elon Musk. Esa apertura a operar sin restricciones que Musk ha implementado es una invitación al vale todo en el derecho a hablar, opinar, discutir, insultar, mentir, difamar y una cadena de verbos interminable vinculados a expresarse. Esa es una ilusión de libertad y la posibilidad de ejercerla crea una Babel de mensajes que con seguridad no nos hace mejores ni tampoco libres.
Citando otra vez a Julian Assange: “Internet es una gigantesca máquina de espionaje al servicio del poder.” A eso le agrego la opinión del filósofo Yuval Noah Harari: “Si un algoritmo te monitoriza todo el tiempo, te conoce mejor que tú.” Pero los algoritmos no solo nos conocen, sino que también nos modelan con el simple método de darle a la gente lo que la gente quiere y no lo que necesita. Eso significa confirmar a la masa en sus prejuicios.
Vivimos bajo el imperio de lo digital, al que ahora se le agrega la amenaza real de la Inteligencia Artificial. Toda esa tecnología que aparentemente nos facilita la vida, desde pedir una pizza a realizar un depósito bancario o mirar una serie en nuestro teléfono, también alimenta y se alimenta del público de las redes, porque esos usuarios viven pendientes de su celular en donde quiera que estén.
Qué duda cabe que la realidad que acabo de describir está instalada en la política y sobran ejemplos en el mundo sobre el grado de incidencia que tienen y han tenido las redes en las campañas y en las elecciones. Desde Donald Trump a la reciente aparición de Javier Milei, el rol del tuiteo incesante ha sido fundamental para que estos dos outsiders de la política llegaran al poder. En ese sentido las redes son una aplanadora que subsume el discurso sobre lo que sea en un pantano de escoria mental, simplificación y escaso amor por la verdad. Cuando un presidente emplea su tiempo y autoridad en denostar y perseguir a una cantante por las redes se llega al grado cero de la imbecilidad presidencial.
¿Y por acá cómo andamos? En temas recientes, desde desear que la película La sociedad de la nieve no ganara un solo premio a mensajes de franco antisemitismo, se ha visto de todo. Si queremos saber cómo piensan algunos uruguayos, las redes son un festín para psiquiatras y sociólogos. Por supuesto que también hay mensajes inteligentes y, compartibles o no, se expresan con respeto. En cuanto a la política, los propios protagonistas de la campaña inevitablemente deberán pasar por el cerno de las redes, para bien o para mal. Desde los memes habituales a reflexiones de odio o elogios desmesurados, el patio trasero de la disputa electoral será ese espacio al que todos los que tienen celular pueden acceder.
Las redes han creado una generación global de personas en base a la manipulación. A esto se le llama “tecnología de la persuasión” y su funcionamiento es similar al de las máquinas tragamonedas de los casinos, que crean un hábito inconsciente programable a un nivel tan profundo que ni siquiera nos damos cuenta. Se está con el celular y la tentación es mirar las redes a las que cada uno frecuenta y pertenece: esto no pasa por casualidad, es una técnica diseñada. Con las “etiquetas”, sucede lo mismo. Cuando se recibe una notificación de que has sido etiquetado, inmediatamente dejas todo para verla. Esta es una herramienta que Facebook diseñó para lograr que la gente navegara mucho más tiempo en la red. La notificación no te muestra la foto, sino que hay que conectarse para verla.
Con toda la batería de recursos tecnológicos que ofrecen las aplicaciones de las redes, ninguno es capaz de diferenciar la verdad de la mentira y poner una barrera a la difamación y la calumnia. O más simple: defenderse de los idiotas que preocupaban a Eco. En realidad, a sus propietarios y desarrolladores nunca les interesó hacerlo. Han creado un sistema que facilita la información falsa, porque la información falsa hace que las empresas ganen más dinero. Las redes tienen el poder para manipular a la opinión pública: son la mejor herramienta de persuasión jamás creada. Si el celular tiene el potencial de destruir la cultura, las redes son su infantería dispuesta a arrasarlo todo.