Buenos problemas

Durante años, Uruguay convivió con una inflación persistentemente alta. No era una catástrofe, pero sí un problema. Sin embargo existía una suerte de consenso de que no estaba tan mal. Dado que en términos históricos estábamos mucho mejor que en las décadas del 60, 70 y 80; había que conformarse con ese 8% anual.

Las explicaciones para esta mediocridad inflacionaria variaba entre la resignación -se argumentaba alguna excepcionalidad uruguaya que haría impotente a la política monetaria de lograr lo que hacía en todo el mundo-, o incluso la conveniencia de esta situación. Destacados colegas escribían que una inflación de 8% era “óptima” para un país como Uruguay.

La realidad era distinta. Cierto que 8% de inflación no genera ningún pánico social, pero sin revestir la gravedad del pasado, seguía siendo una inflación que distorsionaba el funcionamiento de la economía. Distorsionaba precios, tensionaba negociaciones salariales, complicaba decisiones de inversión y obligaba a convivir con tasas de interés elevadas. No había ninguna razón para tener una inflación mayor que Brasil, Perú, Chile o Paraguay.

En ese contexto, alcanzar niveles de inflación cercanos al 3% -como en marzo- debería ser motivo de celebración. Y, sin embargo, empiezan a aparecer voces preocupadas. Sin dudas la baja abrupta genera problemas que debemos gestionar, pero nunca olvidar que son problemas generados por buenas razones.

El problema no es la inflación baja. Eso es un logro, una señal de estabilidad macroeconómica que permitirá reducir la incertidumbre y planificar mejor. Si bien la baja de la inflación puede tener un impacto de corto plazo negativo en la competitividad, en el mediano plazo, la baja de la inflación es un factor de mayor competitividad y correlaciona con más crecimiento económico.

El problema no es la baja inflación sino las decisiones que se tomaron asumiendo una inflación mayor. Eso es un problema real innegable. Haber planificado las finanzas públicas y negociado salarios asumiendo mayores niveles de inflación tiene consecuencias negativas directas sobre el resultado fiscal y la competitividad empresarial, respectivamente.

Una caída de la inflación por debajo de lo esperado genera estos problemas por única vez, problemas que la política pública puede corregir el próximo año si tiene la voluntad política para hacerlo. Pero los beneficios de la baja de la inflación quedan de forma permanente.

Es por eso que no encuentro sentido a decir que es lo mismo incumplir la meta de inflación por arriba que por abajo. Eso carece del más básico sentido común. En la enorme mayoría de los objetivos que nos trazamos en la vida no es lo mismo incumplir que sobrecumplir; aunque ambas puedan tener alguna implicancia negativa son muy distintas.

Uruguay tiene hoy una oportunidad que no debería desaprovechar: consolidar un régimen de baja inflación creíble y duradero. Aprovechar esta desinflación inesperada para tener estructuralmente niveles menores. Claro que esto también implica abordar desafíos coyunturales en materia de competitividad y fiscalidad; pero siempre recordando que la baja inflación no es el problema. Es parte de la solución.

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